jueves, 19 de noviembre de 2015

El ombligo del mundo

Septiembre de 1999.
Cuando apenas llevaba meses viviendo en Barcelona un amigo de Pamplona al que quiero mucho me pidió que le acompañara a entrevistar a Peret. Para mí, Peret era un señor gitano que se había dedicado a la venta ambulante de tejidos en mercadillos de barrio como su padre, que cantaba rumbas como sólo él sabía y que había pintado algunos cuadros como la inspiración del momento le había querido iluminar. El amigo es Raúl De la Fuente, de momento ganador de un Goya al Mejor Corto Documental, como ya prometía. La entrevista transcurrió tranquila, cómoda y no demasiado larga, formaba parte de un trabajo más amplio y las preguntas estaban muy medidas. La hicimos en su casa, en el límite del Raval, un lugar abigarrado, sin espacio en paredes ni suelo para colocar los trastos que se acarrean en toda grabación ni nuestros propios cuerpos. Al terminar su hermano y él, como toda gente de bien, nos invitaron a unas cervezas y nosotros elegimos dónde pagarlas, en el bar de enfrente.

El bar resultó ser Els Tres Tombs, una esquina amplia de barra metálica con brillo arrancado a golpe de paño de rejilla empapado en MG, cordilleras de servilletas rebosantes de grasa y compacto aroma a fritanga. También tenía terraza, nos sentamos fuera. De ese encuentro me llevé la invitación de un Peret agradable, no sé si viejo zorro seductor, a la chica de veintitantos años que acababa de arribar de una capital de provincias a una atractiva Barcelona, muy turística pero aún no parque temático. "Tú llámame cuando quieras y te llevo a restaurantes bonitos".

En construcción, 2001. Otra forma de mirar el mundo.
Octubre de 2001.
Ya vecina del barrio, con mi moto aparcada cada día en la esquina entre otras motos hermanas y primas, fui deviniendo en habitual del bar hasta hacerme socia de la hermandad de Els Tres Tombs, sobrevolando las montañas de grasa para atisbar encanto de barrio donde antes sólo veía suciedad y frikismo extremo. En su terraza me hice con una mesa donde soportar un café intragable que por supuesto me tomaba, porque me permitía ejercer ese impagable derecho que es mirar a todo el mundo, escudriñar sus costumbres e inventar sus vidas. También leía y escribía algo, supongo que sólo como excusa para seguir mirando. Una tarde rojiza de otoño con olor a castaña asada y boniato se paró a charlar a unos metros de mi mirador un viejo pequeño y hablador con visera azul gastada. Otro día me crucé allí con una chica de coleta alta, raíces oscuras y chicle batiente. Él era el maravilloso y tierno marino que buscaba una habitación de alquiler donde trasladar sus cuatro cosas y ella, la joven prostituta que convivía con su novio en el documental de José Luis Guerín En construcción. Sólo faltaba el albañil de alma sensible que entre paletada y paletada de cemento divagaba sobre la existencia de Dios, un poeta cuya sutileza de sabio sufí no era de este mundo. Todos ellos vivían en mi barrio antes que yo, y reconocerlos al poco de haber visto el documental me hizo sentir mucho más parte de la ciudad, y de todo el proceso de transformación urbanística, estética y humana que estaba experimentando entonces el Raval. Gracias a esa terraza se cruzaron y entraron en mi vida multitud de personajes interesantes, escritores londinenses, ex camellos de la burguesía barcelonesa transmutados en estudiantes de Filosofía deseosos de cambiar el mundo, cinéfilos vendedores de mercadillo, señoras de la calle en bata y rulo de paisano, y toda una nutrida y amena fauna que terminó formando parte de mi paisaje vital.

Retrato, Lita Cabellut.
Noviembre de 2015.
He leído que hay una pintora que es la única española en la lista de los más cotizados del mundo, sólo superada en las subastas internacionales por Juan Muñoz y Miquel Barceló. Si eso es cierto, es decir mucho. De niña se dedicó a pedir limosna Ramblas abajo y a malvivir en la calle durante años después de que la abandonara su madre a los tres meses de nacer. En el otro plato la balanza de la vida quiso que le esperara una pareja que la adoptó, le dio el amor que le había faltado y la posibilidad de formarse. De adulta, en las pinturas de Lita Cabellut se escuchan ecos de Francis Bacon y de cierta tragedia nacional. Son ásperas, crudas... A mí me gustan, me impresionan. Lita vino al mundo en el Raval, es hija de una prostituta.

El tiempo que viví allí no sé hasta qué punto me di cuenta, pero después he descubierto que este barrio podría ser el ombligo del mundo.





lunes, 9 de noviembre de 2015

... recitando a Petrarca de memoria

Llevo noches repartidas al azar entre varias semanas haciéndome trampas al solitario. Deseando sentarme a escribir pero cogiendo una revista para echar un vistazo a dos páginas antes de dormir. Abriendo una edición en inglés de cuentos de Rudyard Kipling para leer página y media antes de dormir. Revisando casi inconscientemente cuestiones del guión, del trabajo, un cuarto de hora antes de dormir. Recogiendo por el suelo de casa lo irrecogible veinte minutos antes de dormir. Cualquiera que tenga niños en casa lo sabe, pretender poner orden en un espacio donde siempre termina reinando el niño es una labor a medio camino entre castigo mefistofélico y laberinto borgiano, te ves atrapado por un loop infinito en el que conforme crees que avanzas descubres que sólo te estás moviendo en círculo. Y así todos los días, voy sembrando el camino al ordenador de pequeñas actividades que me distraen.

Como desde que traje a mi amor de bebé creciente al mundo hice un pacto inconsciente conmigo misma, que consiste en que el tiempo que no es trabajo ni sueño va íntegro para él, escribir viene a ser sinónimo de robar horas al sueño. Porque al trabajo no hay quien le robe un minuto. Y a mí, que, siendo una persona de dormir entregado y fecundo, llevo año y medio acudiendo varias veces cada noche a la llamada de esa alegre, risueña y demandante criatura mía -llamadlo naturaleza, llamadlo demencia-, qué queréis que os diga... yacer me viene bien. Me gusta. Siempre he pensado que quien inventó la cama y quien parió el nórdico merecerían efigies y paneles con su rostro del tamaño que gastan los líderes norcoreanos.

Todo esto para decir que han confluido los astros. Por un lado, un amigo fan agradecido de lo que escribo me preguntaba este sábado si no pensaba volver a teclear algo en un futuro cercano. Por otro, leo hace un rato algo que publicaba en su blog otro amigo acerca de su amor de juventud a la poesía, lo que me lleva de la mano a la capacidad mágica que infunden los versos a quien los frecuenta de evadirse hasta esfumarse de cualquier entorno en que se encuentre. Y una cosa y la otra me han llevado a recordar algo que escribió Luis García Montero y que me apropié desde que alguien lo convirtió en un regalo para mí en su día, hace algunos años, y desde entonces saco a pasear íntimamente contenta siempre que tengo ocasión, como solemos hacer con los obsequios acertados. O con los perros de porte elegante y generosidad contagiosa. Porque las imágenes que proyectan estas líneas esconden historias que una vez vividas se guardan como joyas secretas, y porque a lomos de sus palabras viajo y soy otra.

Este otoño hábilmente disfrazado de primavera.

Cuando te quedas muda y decides regalarme París,
comprar la torre Eiffel para tender mi ropa,
si acaso me desnudas y no llueve.
Cuando insistes
en bordar las Meninas de Picasso
sobre todas las sábanas de Washington,
o viajar hasta Roma como quien busca un circo,
como quien pisa tierra después de muchos años
y a conciencia es feliz y es borracho.
Cuando me hablas de amor
o gritas que no importan la luz ni los relojes,
que es de noche y no piensas levantarte;
entonces
yo digo que estás loca y me respondes
recitando a Petrarca de memoria.


Buenas noches...



martes, 3 de marzo de 2015

Gracias, Mr. Taylor

La seducción, por suerte, carece de códigos y normas. O quizá se ajustaría más a la realidad reconocer que cada cual creamos y aplicamos los nuestros. Con los años me he dado cuenta, por ejemplo, de que durante una buena época de mi vida, además de a los amigos he grabado cassettes, y después cds, a los chicos que me gustaban para sugerirles bandas sonoras que a mí me parecían imprescindibles si uno quería llevar una vida que pudiera llamarse vida. Trucos hay mil para hechizar, muchos de ellos rompen la cáscara y despliegan su plumaje desde el inconsciente, por eso en no pocas ocasiones ni siquiera detectamos que estamos sacando todo el armamento a la calle.

Pero tan divertido como esa relativa ingenuidad es que a la inversa la cuestión funciona de modo parecido. En ocasiones tampoco sabemos muy bien qué es lo que nos atrae de una persona, de un lugar o de una situación hasta que desmenuzamos el asunto en compañía de alguien de confianza o en una de esas conversaciones con uno mismo que de vez en cuando se cuelan en nuestra rutina diaria. Resulta que hace poco ha muerto en París el creador de los Barbapapá, Talus Taylor. Yo me he enterado hoy, y la verdad es que me ha dado pena.

Familia que habita en una estantería de casa, aumentada por Wall-e y Eva.
Me recuerdo de pequeña, fascinada ante los miembros de esta maravillosa familia con superpoderes, algo que en secreto, cuando dejamos de ser niños seguimos ansiando tener, claro. Ser invisible y volar eran mis dos grandes deseos. Durante una temporada, a raíz de haber visto en TV una de las quince mil versiones que se han hecho de un clásico, El hombre invisible, me pasé los días y las noches tratando de atravesar como hacía él las paredes de casa, empujando suave con la punta de los dedos en la convicción de que así podría llegar a pasar todo el cuerpo a través de aquellos muros infranqueables. Por supuesto, probé con todas las paredes y rincones, para mí la clave era encontrar el punto en el que la realidad cedería a mi fortaleza mental. Y... efectivamente. No lo conseguí, pero os aseguro que no fue por no intentarlo. Si ese hombre transparente podía hacerlo, ¿por qué yo no? Bien. Del superpoder de volar y el videoclip de Pink Floyd Learning to fly podemos hablar otro día, pero cuando descubrí a la familia Barbapapá me di cuenta de que también quería ser como ellos.

¿Cómo no vas a dejarte seducir por esa maleabilidad infinita? Barbapapá se convertía en pasarela para ayudar a los animales que huían de un incendio en el bosque a subir a una barca, Barbamamá en bañera para que sus hijos pudieran chapotear tranquilamente entre sus brazos, Barbalala no sólo tocaba instrumentos, sino que si quería ¡ERA un instrumento! ¿Qué mayor placer puede haber que ser momentáneamente aquello que te hipnotiza? Un piano, un río, el viento, una hoja... Eso lo contiene todo, cualquier otro deseo y aspiración.

Hoy se me ocurrirían decenas de posibilidades, presidenta del FMI para dar un golpe de timón a la macro y la microeconomía mundial, Juliette Binoche o Julianne Moore para ponerme intensa y dramática durante hora y media, pero bien, Rossy de Palma, para reirme de todo y estar estupenda con un cactus en la cabeza, Paul Auster, Roberto Bolaños, Luis García Montero o el querido y antiguo Benedetti para lo obvio, Patti Smith, Black Francis, Micah P. Hinson, Debbie Harry y Keith Richards para caminar por algunas sendas del lado claroscuro un rato, Ryuichi Sakamoto, Abdullah Ibrahim y Michael Nyman para convertir las vidas de los demás en películas interminables, Helena Christiansen para saber cómo es manejar una belleza considerable y después encontrar tu sitio. Y taza de caldo caliente para calmar el martes de febrero a cualquiera que esté pasando frío y angustia en la calle, cámara de fotos para atrapar el instante en que bajan la guardia estética nuestros políticos -la ética no sé cuándo estuvo arriba-, menestra de verdura de mi madre para ver cerrar los ojos de placer a todo el que la prueba, rayo de sol de invierno para hacer pararse sobre una baldosa y ronronear a gatos, perros y hombres, cala balear para paladear la alegría del que me encuentra después de caminar entre pinos y sabinas, cama de dos metros y edredón de plumas para acoger sueños, amores y tempestades... En fin.

En este caso sí que sabe una por qué se dejaba seducir. Descanse en paz, Mr. Taylor.


viernes, 13 de diciembre de 2013

El monje que iba a 2046

Parecía un cuervo atemporal y anacrónico a un tiempo. Se deslizó entre las puertas metálicas cuando estaban a punto de cerrarse y sólo se escuchó el frufrú de su hábito rozando el suelo del vagón. Cabello ralo distribuido en torno a una tonsura de monje franciscano y hábito largo y negro cubierto por un abrigo de paño zaino que le cubría hasta debajo de la rodilla permitiendo que sus faldas volaran cuando atravesara presuroso una rejilla de salida de aire.

Unos centímetros por encima del cuello alzado del abrigo su mirada se despeñaba oscuridad abajo hacia un libro abierto que resultaba maravilloso por encontrarse tan fuera de lugar. Libros como este no viajan en metro. Podría tratarse de un incunable, pero quizá fuera sólo un libro de salmos en latín, con sus frágiles páginas de papel biblia, aunque sin los bordes dorados, y una tipografía clásica apretada en hileras estrechas sin apenas interlineado que dibujaba palabras en latín eclesiástico. Canticum matinalis.

Sacra de San Michele, Piamonte, Italia.
Esas páginas fueron lo único real para él a lo largo de las cuatro paradas de metro en que coincidimos. Durante esos minutos, ni los asientos y las barras verticales de acero, ni nuestros cuerpos, olores, los sonidos que emitíamos, la voz metálica que anuncia las paradas, nada ni nadie existimos para este hombre sin años. Entonces pensé que quizá él tampoco era real. Quizá se trataba de un viajero que acababa de salir de 1327, del scriptorium de una abadía benedictina encaramada a algún monte del corazón de Italia, y se dirigía ensimismado en su reconfortante lectura hacia el comedor, donde otro hermano que cubriría su hábito con un delantal de algodón sin desbastar le serviría un tazón de leche humeante, recién ordeñada y hervida, con trozos de pan flotando. Ese comedor se encontraría en 2046, en la Sacra de San Michele, y sus movimientos pausados, los ruidos vecinos de cacerolas de cobre chocando entre sí y los  chasquidos de las llamas al derramarse sobre ellas parte de una sopa de capones se sucederían en su propio ritmo natural. Ajenos a los hombres y mujeres sin edad que se desplazarían sin moverse, enviando sus hologramas a reuniones de trabajo para poder entretanto reinstalarse el sistema operativo en el cerebro.

Bajé del metro en la parada de San Mamés, mi móvil indicaba las nueve menos diez de la mañana y pensé que durante unos minutos había dejado de existir en el tiempo tal y como lo conocemos. Al menos, en el de ese franciscano que simplemente estaba recorriendo unas decenas de metros dentro de su monasterio, las que le separaban de su celda en 1327 y el comedor en 2046. Al principio se me ocurrió fotografiarle con discreción, pero rechacé la idea. Pensé que no habría aparecido en la foto.











domingo, 24 de noviembre de 2013

Emmet Gowin

Esto no es una crítica de una exposición. No soy crítica de arte.
Esto es un agujero que se abre en un domingo gris y lluvioso al que anteceden al menos trece días iguales.

Emmet, un chico de Virginia hijo de un severo pastor metodista, cogió un día una Leica de 35 mm. y después se enamoró perdidamente de una chica cuya familia vivía junto a la suya. No sé si en ese orden. Edith, la chica, se convirtió en su musa, su modelo, su esposa, la madre de sus hijos, la cómplice y la compañera de un largo viaje que aparece en un sinfín de fotografías que parecen haber sido tomadas sin ningún esfuerzo, con la misma naturalidad con que el sol atraviesa y funde a veces las nubes de otoño. "Sin Edith, hoy no sabríais nada de mí…" ha dicho un hombre que, además, sabe escribir.

Mr. Gowin (1941, Danville, Virginia) ha atravesado con su mirada muchas más cosas a lo largo de medio siglo. En su nítido blanco y negro ha recogido fragmentos de piedra hallados en Italia y en Petra. Ha sobrevolado desiertos de pruebas nucleares en Nevada, vastos círculos del Medio Oeste norteamericano habitados por instalaciones de riego fantasmagóricas, entrañas de extensas minas de carbón abiertas al cielo, no-lugares tatuados por huellas de todoterrenos… Un sinfín de paisajes aéreos sorprendentes que resultan abstractos de puro hiperrealismo. Pero Edith siempre vuelve a protagonizar sus series. Bellísimas. Y lo bello no es el aspecto de esta mujer, o cómo incide la luz sobre ella, o la elección del entorno, el gesto o la postura. Creo que lo que más me ha emocionado es la paz, la honestidad, la manera de dejarse estar delante de la cámara del hombre que la fotografía. El hilo umbilical que se intuye entre los dos. Ella misma lo explica en una entrevista conjunta. Que cada vez que ve esas imágenes, de la misma manera que cuando su marido las estaba tomando, siente cómo la quiere. Sí, creo que es eso.



"Emmet siempre me dice, en cualquier situación en que estoy de pie en algún lugar, quédate quieta, quédate ahí. Y entonces, sé que me va a fotografiar". Ya está. Sin más discurso conceptual, ni parafernalia pretenciosa. Es un placer verlos y escucharlos a ambos, a sus sesentaytantos, en esa conversación grabada. Él asegura que no es un artista de mensajes, no pretende transmitir ninguno en especial con su trabajo. Si acaso, dejar constancia del mundo que le rodea y que nos rodea, para que podamos conocerlo y querer cuidarlo. Falsas modestias aparte, este tipo de reflexiones suele conducirme a pensar que la gente que es realmente buena en lo suyo tiende a restar importancia a lo que hace, es más de desnudar que de vestir. No necesitan esos ejercicios de vanidad tan vergonzosos en los que a veces caemos quienes somos infinitamente más mediocres.

Hace pocos años a Emmet Gowin le encargaron un trabajo de catalogación de insectos en Sudamérica para un proyecto científico. Algo en principio bastante más prosaico que poético, dio paso a una serie maravillosa que tiene bastante de onírico y mucho de homenaje. El objetivo era fotografiar mariposas nocturnas, y lo hizo, decenas, centenares y miles quedaron atrapadas en su lente, pero la última noche, antes de dar por terminada la caza de imágenes, recordó que en su equipaje llevaba unas siluetas de fotografías tomadas a Edith. Así que aprovechó las últimas horas para fotografiarlas superpuestas a la red donde se posaban las mariposas de la noche. El resultado es increíble, el de un espíritu que vuelve a acompañarle y a ocupar su lugar rodeado de sombras aleteantes y regueros de luz dibujados sobre negro.

Recomiendo pasar hora y media, o lo que cada cual necesite, ante estas imágenes. Como quien receta ibuprofeno en días de migraña. Sirven para amantes de la fotografía, para enamorados del amor, para poetas disfrazados de transeúnte anodino, para buscadores y para quien quiera escanciar algo de luz en cualquier oscuridad.


Bilbao, Sala Rekalde, hasta el 26 de enero de 2014.



domingo, 20 de octubre de 2013

¿Qué horas son, mi corazón?

Doce de la noche en La Habana, Cuba. Ding!...
Once de la noche en San Salvador, El Salvador. Ding!... 
Once de la noche en Managua, Nicaragua. Ding!...

Y doce de la noche en Lisboa, Portugal. Dong.

Al principio ha estado muy bien escuchar de nuevo a Manu Chao, viajar hasta los noventa, cuando Mano Negra tenía la sana costumbre de no anunciar sus conciertos, con lo cual, o te pillaba cerca del pueblo en cuestión cuando te enterabas, o te perdías la ocasión asegurada de una juerga bailonguera-reivindicativa. Digo al principio. Porque el tasco que estaba poniendo anoche esos entrañables temas de hace veinte años, en modo cd completo -sí, cd- se halla justo debajo del apartamento que hemos alquilado en la Alfama para esta semana. Y debajo quiere decir que sacas la mano por el balcón y le rascas la calva al cliente que ha salido a fumarse un cigarro en plena efervescencia socializadora después de meterse una rayita y tragarse medio copazo como si fuera el último de la Tierra y esta noche la del fin del mundo. Y que no pasa nada, que todos hemos estado en ese lado, pero justo anoche, no. Anoche una contaba ilusionada con dormir un poco después de toda una jornada saltando de adoquín en adoquín por estos barrios que son todo menos llanos, que recubren la piel de las siete colinas lisboetas con casitas humildes a las que les brotan protuberancias en forma de escaleras al aire, terrazas laterales ajenas a la ley de la gravedad, desvanes fuera de ordenación urbanística, paredes panzudas y  jardines silvestres en los tejados. Espíritu libre el de estos barrios, especialmente el de "el nuestro", Alfama.

Anoche, antes de ser acunados durante horas por Manu Chao y sus coros callejeros, cuando trepábamos camino a casa por uno de esos callejones bastante más angostos que una cama doble, descubrimos un lavadero. Un lugar al que las vecinas del barrio, señoras mayores con faldas a la rodilla y chaquetas remangadas hasta el codo, acuden con sus baldes repletos de ropa, la mojan, la restriegan bien contra la piedra inclinada, la enjabonan, vuelven a frotar, la aclaran y la retuercen hasta sacarle la última gota de agua. Arduo proceso que la instauración de la era del consumo y la llegada de lavadoras a los hogares hizo pasar a mejor vida hace décadas. Pero en esto, como en tantas otras cosas, el pasado se demora perezoso en multitud de rincones, pueblos y momentos de Portugal. Por eso merece tanto la pena perderse por aquí unos días. Por el viaje en el tiempo, por ese aire de decadencia y abandono que impregna tantos edificios que aún se empeñan en resultar maravillosos, por el olor a sardina asada que te asalta tras cada esquina, por las terribles humaredas que desprenden los hornillos de los castañeros y que te hacen localizarlos como a incendios en el monte gallego en plena noche. Por las galerías de arte mínimas, las tienditas de artesanía, la impecable exposición de Felipe Oliveira Baptista en el MUDE, el Museo del Diseño y Moda, la majestuosidad intacta del Monasterio de los Jerónimos, las iglesias que lanzan sus cruces de hierro como espadas al cielo desde cada montículo, los kioscos que asoman bajo tejado de cristal esmerilado y filigranas art decó. Por los benditos pasteis de nata, con su hojaldre ligero y crujiente y su crema al punto y por los sumos do día, que te refrescan el espíritu y puedes tomar en cualquier parte por uno o dos euros.


A quienes somos de naturaleza impaciente Lisboa también nos pone a prueba, o nos regala un ejercicio. Porque cada vez que uno pide un plato de bacalao, un café, o una caña, hay que esperar. Como si el bacalao, el café y la cerveza estuvieran aguardando sentados sobre un bidón metálico en la trastienda, sesteando, hojeando el periódico o limándose las uñas hasta que nuestro pedido llega. Y entonces se estiraran la falda, se arreglaran un poco el pelo y se dijeran "vamos, a lo nuestro, a dar de comer al hambriento y de beber al sediento". Y sólo entonces se dejaran preparar en salsa de tomate, servir en taza con un poco de leche humeante o repicar en vaso ancho. Todo lleva su tiempo, y una aprende que incluso se puede esperar, y está bien que en ocasiones así sea. Sobre todo cuando la espera se ve recompensada. Para huir de lo bucólico, se ha de decir que esto no siempre ocurre. Este jueves un batido de mango tardó en completar su recorrido hasta la mesa cerca de media hora, y cuando ya había renunciado mentalmente a la idea de sorberlo con una pajita, apareció. Eso sí, disfrazado de copa de leche templada con una lejana reminiscencia al mango en el tono y el sabor. Irreconocible.

Con todo, siempre se vuelve a Lisboa. A la orilla del Tajo, a su brisa atlántica. Ella no es impaciente, siempre está aquí, esperando sin prisa, porque sabe que vendrás otra vez a verla.

Me gusta soñar, me gustas tú. 
Me gusta la mar, me gustas tú.










martes, 17 de septiembre de 2013

La dentista de Jamín

David Rodríguez

Jamín se ha cruzado con osos y lobos camino de Caunedo como quien se encuentra con una zarza. Con la misma indiferencia. No hay miedo. Curtido como el cuero toledano, este hombre de aldea cántabra  ha cumplido 88 pero debe de haberse quedado atascado en unos 73. Igual que los tacos de las almadreñas que va clavando al andar en el barro del camino. Jamín, Ben Jamín.

Nos topamos con él una mañana de abril fresca y brumosa, va descendiendo tranquilo por un angosto camino de monte con tres ramas larguísimas sobre el hombro, sin prisa y sin dar la sensación de que le pesen especialmente. Es un terreno de desniveles abruptos, a unos metros del camino se eleva una pared tapizada de un verde jugoso, tan vertical que da la impresión de que los dos caballos negros y la yegua rojiza que vemos pastando sobre esa ladera son recortables pegados con velcro. O tienen dos patas la mitad de largas que las otras dos. No encuentro otra explicación a su extraño equilibrio. A Jamín no le sorprende ese ejercicio de funambulismo equino, vive acostumbrado a su presencia, como antes lo estaba a la de los osos y los lobos. Justo antes de apoyar las ramas en la pared, quitarse las madreñas y dejarnos ver las zapatillas de casa que viajaban dentro, marrones y de cuadros, como tienen que ser, nos cuenta que lleva toda la vida con la misma mujer. Un cura los casó sesenta años atrás casi contra su voluntad. La del cura, porque para ser el primer matrimonio que oficiaba, se encontró con que los futuros marido y mujer compartían el mismo apellido, y aquello no le pareció sano. Emma María Fidalgo y Benjamín Fidalgo no son hermanos, ni siquiera primos, pero no hubo quien convenciera a aquel sacerdote inquisidor.

- Al final el hombre tuvo que ceder... ¡Jeeejeje! Y tres dientes cilíndricos como patas de un taburete asoman desprevenidos al balcón abierto de su sonrisa.

Nada más escucharle, aparece Emma María, rodeada de un delantal blanco y un jardín de exuberancia silvestre sembrada de tiestos de distintas razas de los que brotan geranios y petunias que se enredan en los rosales.

- Te tengo el café recién hecho. Siempre me llega a la misma hora. ¿Habéis oído si el café es malo para los dientes?