martes, 5 de marzo de 2013

Días en que te enamoras

De la vida.

Hay días como hoy, un martes ventoso. Pero a ti el viento te gusta, te encanta que te revuelva el pelo, las ideas y todo lo que lleves demasiado sujeto. Hay días como hoy, un martes en que no ocurre nada salvo lo de todos los días, más Bárcenas y su mujer, más Urdangarín y su suegro, más paro en Euskadi, amenaza de más IVA, más manifestaciones de profesionales en paro... Quizá por eso, buscando el equilibrio tu péndulo oscila hoy hacia el menos, menos preocupaciones, menos hartazgo, menos fango y consigue que te olvides de que ni tú ni unas cuantas de las personas a las que más quieres tenéis ahora mismo un trabajo al que acudir cada día.

Sólo es un martes, y te levantas prontísimo para estar en la otra punta de la ciudad en clase de inglés a las ocho. Y resulta que hoy unos cuantos habéis llegado menos dormidos que de costumbre a esa hora en que cuesta edificar pensamientos racionales y la mente aún se guía por las claves mágicamente indescifrables de la inconsciencia nocturna. Al estar más despiertos habéis podido sostener un debate sobre la investigación con células madre casi como profesionales, con intensidad y algunos argumentos bastante decentes, creyéndoos lo que defendíais. ¡Y os lo habéis pasado bien! Al salir de esa puesta a punto, el viento había amainado un poco y aunque chispeaba, la calle seguía pareciéndote mucho más seductora que el metro, así que has venido bordeando la ría hasta casa, disfrutando de las gotas de agua en la misma medida en que hace unos días huías de ellas. Había perros, había una mujer de cincuentaypocos haciendo running sin prisa -ya no se hace footing-, y había un hombre de sesentaytantos que también se había lanzado a esto del trotar, pero con su pantalón de pana, su jersey de lana grueso y sus chirucas. Free style. ¿Por qué no, ahora que todos vamos o de Adidas o de Domyos? Al llegar a casa has soltado la mochila ahora que vuelves a comprobar el peso que tiene y el lugar que ocupa el saber, y has entrado en plena sintonía con los colegiales de nueve años que ya sufren de la espalda. Has decidido premiarte, y te has preparado un café y unas tostadas con aceite de oliva y un tomate kumato increíblemente sabroso, porque redesayunar es uno de los placeres que nadie debería hurtarse, y con esa nueva energía te has adentrado en la selva de señoras listas y combativas que es el mercado.

Con un par de lustrosas rodajas de salmón y unos verdeles que siempre te provocan un poco de aprensión, porque su piel te hace ver una serpiente tropical azulada y venenosa, te has parado ante una tienda de cuentas y abalorios. Tras recordarte que esos peces eran una petición de tu chico, no masoquismo, has traspasado el umbral y te has gastado en piecitas minúsculas lo que te costaría un collar, pero no hay comparación, porque éste que vas a hacer es el que te apetece. Y sobre todo, el que te has inventado a partir de unas plumas, éstas sí tropicales de verdad, que antes fueron recogidas por tu chico el de los verdeles de un suelo brasileño terroso y húmedo, y antes aún sobrevolaron infinitas palmeras y manglares clavadas en las alas de pájaros amarillos, verdes y rojos. Con esa pequeña satisfacción anticipada anidando en ti llegas a casa y te sientas ante un plato de lentejas con morcilla y chorizo picante como los que salen de las manos de las madres, pero preparado por un hijo que, la verdad, cocina de muerte. Y te dejas mecer por el aroma y el calor en el estómago mientras recuerdas que mañana una amiga te ha invitado a una cena en su casa porque viene otro amigo de Nueva York, y que la próxima semana abandona su exilio voluntario y se deja caer por aquí una de esas personas a las que más quieres que, como tú, también está en paro, y ya comienza a organizarse el batallón de apoyo moral y a desplegarse la táctica y la estrategia del ocio. Porque la ley no escrita entre amigos dice que cuando uno cae, el otro se levanta y sostiene, y la experiencia confirma que, como todos los roles son intercambiables, esa norma funciona en ambos sentidos.

Así que... sí. A veces el menos es más que el más. Y hay días en que te enamoras de la vida otra vez.

lunes, 4 de febrero de 2013

Lo inexplicable

Nubes blancas levitan sobre un cielo tranquilo mientras dos personas charlan en mitad de una carretera abandonada que recorre una vasta llanura. Una de ellas lanza un órdago.
- ¿Pero qué dices? ¡Que me parta un rayo ahora mismo si es cierto!
Un chasquido eléctrico y de la nada aparece un rayo que se clava en el incrédulo.

Una de las dos personas era yo, no estaba en un paraje desértico, sino sobrevolando el corazón de África a 30.000 pies de altura y lo que presencié no fue un rayo, pero sí se asemejó a una especie de maldición.

Entonces tenía 25 años. Mi compañero de viaje era un cámara, muy bueno, le llamaremos Mikel. Volvíamos a casa tras ocho días rodando un documental sobre el trabajo que desarrollaba una ONG en Benin y, de paso, acerca del papel de la mujer y la infancia en el país, sus costumbres y creencias. Hasta hoy las experiencias que viví allí continúan ocupando el primer escalón en el pódium de Cosas Extraordinarias Que Me Han Ocurrido en La Vida. Es cierto que conforme más se aventura una en culturas y escenarios diferentes menor es la capacidad de sorpresa, pero también lo es que existen momentos y sensaciones insuperables. Aquel viaje me deparó unos cuantos.

En Benin, uno de los veinte países más pobres del mundo, conviven musulmanes, católicos y seguidores de cultos animistas, que constituyen más de dos tercios de la población. Un lugar privilegiado lo ocupa el vodún, un conjunto de creencias y prácticas al que en Haití le llaman vudú, santería en Cuba o candomblé en Brasil. Ouidah es su capital beninesa. Allí se celebra cada 10 de enero un festival al que peregrinan habitantes de todo el país y también de los vecinos Togo y Nigeria. Al llegar a esta población el mes siguiente nos lo perdimos, pero sí conocimos el Templo de las Pitón. Se trata de una cabaña de adobe circular y cubierta por un tejado de paja. Como cualquier otra, salvo por dos detalles: unas escaleras excavadas en el suelo interior que descienden en círculos concéntricos y una ondulante alfombra de pitones que recubría buena parte del suelo de la cabaña y sus alrededores.


www.evaway.fr

Bien. Allí llegamos Mikel y yo, pertrechados con nuestra cámara y micros de corbata, el miembro de la ONG que nos acompañaba, el traductor de castellano a francés y el traductor de francés al dialecto de los fon, la etnia que profesa un mayor culto a las pitón. Aún podíamos haber añadido un traductor más, el de lengua de serpiente, pero no lo valoramos. ¿A qué íbamos?, es la pregunta. A entrevistar al hijo del fetichero. Veinteañero y risueño, tuvo a bien explicarnos que su padre era el intermediario con las pitones que, a su vez, son el vehículo más directo con la divinidad. A éstas se les pide fortuna, amor, salud... Los deseos negativos se vuelven contra el solicitante, así que hay que tener cuidadito con eso. Mientras nos hallábamos inmersos en esta sugerente conversación, las serpientes comenzaron a despertar poco a poco de la siesta en la que se sumergían durante las horas de más calor del día, que eran todas. Sin prisa, pero sin pausa. Añadamos también el hecho de que una iba en sandalias. Desde el segundo día hice caso omiso a la clásica recomendación de llevar calzado cerrado. 45 grados, ¿qué vas a hacer? De todas formas, una vez que las pitones se te empiezan a enroscar zalameras en los tobillos, dudo que haber elegido botas de monte solucione nada. Estos bichos matan por asfixia, no por mordedura, lo sé porque tuve que recordármelo continuamente aquella tarde.


Collar de pitón

www.geolocation.ws
Mientras escuchaba con educación la cadena de traducciones consecutivas que suponía cada pregunta que lanzaba y cada respuesta que volvía -Lost in translation-, conseguí ahogar el grito antes de que saliera y recordar que tenía que respirar todo el tiempo, que si lo olvidaba iba a fallecer de paro cardíaco, no de asfixia cuando la pitón trepara hasta mi tórax. Sobreviví. Mikel, el jodido de él, llevaba deportivas y calcetines de felpa. No sintió nada hasta que terminamos. Una vez agradecido todo a todos pero sin recuperar el color, vi que unos niños jugaban con las pitones de metro y medio o dos como si fueran estolas de peluche. Se las lanzaban unos a otros, las levantaban del suelo por la cola, se las enroscaban por todo el cuerpo... Y claro, si nosotros podemos, pensarían, ¿por qué esta chica blanquecina no? Así que haciéndose eco de la reflexión, vino el hijo del fetichero, ya en confianza tras la charla, y me encajó una alrededor del cuello. Utilizo encajó porque al verla acercarse el cuello se me encogió y la cabeza se me metió entre los hombros, pero oye, el hombre enseguida hizo hueco y la dejó ahí.

¿Sufrí? Sí. Bastante. Sentí ponerse de punta cada pelo de mi cuerpo y los que aún no habían nacido. En silencio, los pelos y yo. También recuerdo una especie de propiedades laxantes en mí. Pero eso fue al principio, luego ya me pudo la sorpresa. Esperaba algo viscoso y helado y encontré una piel templada y suave. Los 45 grados, que son para todos. Bueno, y el peso sobre los hombros también ejerce un papel relajan, porque la amiga no bajaría de unos buenos 15 kilos. Mikel no necesitó vivir la experiencia, lo intentamos pero no sentía curiosidad... No le hacía falta al hombre para crecer como persona.


Historias de hoguera

La noche antes de marcharnos fue mágica e inquietante, a partes iguales. Sentados en la terraza de la casa de adobe que los jesuitas colaboradores de la ONG tenían en Cotonou, en la completa negrura de una noche sin luna ni tendido eléctrico, desde ahí arriba sólo veíamos bailar las llamas de algunas antorchas mientras voces de madres que no entendíamos estarían diciendo a sus hijos que se comieran el bol de arroz y pescado. Impagable, estar rodeada de palabras que no entiendo con acentos de otra tierra es una sensación que me encanta. Ir a Asturias está muy bien, pero no es tan viajar. Días antes Jesús, uno de los jesuitas, valga la etc., había enfermado de malaria, rozaba los 40 grados de fiebre y no paraba de sudar el pobre hombre, pero a pesar de ello, tumbado sobre una incómoda hamaca de cañas era capaz de mantener vivo el fuego de la conversación y la sonrisa. Él fue quien nos regaló a Mikel y a mí el genuino antídoto contra la mordedura de serpientes venenosas. Aún lo conservo, la pierre noire.

Se trata de una especie de piedra oscura y plana que en realidad es el resultado de haber hervido huesos de cadáveres (¿quién no lo hace en casa?). Cuando la serpiente saca los colmillos de la parte de tu cuerpo en la que los haya clavado, se ha de hacer una incisión junto a los orificios y presionar rápidamente la piedra contra la herida. Al ser porosa, la idea es que va absorbiendo el veneno. Una vez que ha cumplido su misión se ha de introducir en leche hirviendo para que expulse el veneno, después se deja secar, y listo. Hasta la siguiente. Claro, hay que tener la prevención de llevarla encima. Si resides en Bilbao o en Barcelona, probablemente no ocurra nada aunque te la dejes en casa. Si vives cerca del trópico, ya es otra cosa. Nunca la he probado, pero la tengo en el baño.

Además de la piedra, aquella última noche en Benin nos regalaron un montón de historias tan ciertas allí como aquí increíbles. Javier, un catedrático de Ética a la par que jesuita muy escéptico ante el vodún, nos confesó que desde que vivía en este pequeño país no le había quedado más remedio que abrir la mente a lo inexplicable (en los milagros católicos no entramos).

Por aquel entonces impartía clases en una escuela que ofrecía también talleres de carpintería a la que  acudían unos cuantos jóvenes. Uno de ellos, aplicado e interesado por el oficio, dejó de aparecer un buen día. Javier envió a un alumno a su casa para tratar de averiguar qué le ocurría y éste le contó que se encontraba enfermo, pero no supo, o no pudo, concretar más. Al día siguiente, decidió acercarse él mismo. Sabía que el padre del chico estaba en contra de que asistiera a la escuela, porque además de formarse como carpintero, allí recibía clases de religión católica, y no estaba dispuesto a que los jesuitas evangelizaran a su hijo. Cuando llegó a la casa de la familia comprobó que el chico tenía una fiebre altísima, temblaba y se hallaba semi-inconsciente, así que pidió permiso al padre para llevarlo a un hospital cuanto antes. En el centro de salud, el médico que le reconoció comprobó que tenía unos bultos en la cara interior de ambos antebrazos. Creyó -nos contaba- que se trataba de inflamaciones producto de una infección, quizá por alguna picadura, aunque resultaba extraño que fueran tan numerosas, que estuvieran alineadas y aparecieran únicamente en esa parte del cuerpo. Decidió abrir.

Cuando la piel se rasgó bajo el bisturí, lo que encontraron fue trocitos de vidrio y piedras, en los dos brazos. El médico los extrajo uno a uno con unas pinzas y los depositó en una bacinilla metálica, que después mostró a Javier. Le recordó que antes de abrir él también había podido constatar que la piel estaba tersa, que no había heridas, ni cicatrices, ni restos de incisiones a través de las que alguien hubiera podido introducir los cristalitos y las piedras. Tampoco era viable la hipótesis de que los hubiera ingerido, ya que a través de la garganta y el aparato digestivo nunca habrían llegado a los antebrazos. Ni por esa, ni por ninguna otra vía.

Así que tras darle muchas vueltas a lo sucedido, a Javier, no digo ya a mí mientras escuchaba esta historia, no le quedó otra opción que aceptar que ni la ciencia ni la razón dan respuesta a todo. Mikel, mi compañero, pertenecía al club de los escépticos y no quiso abandonarlo pero a mí el relato, allí, en esa oscuridad, en medio de una cultura desconocida, me dejó como cuando me echaron la serpiente al cuello. Con el vello un poco erizado. Tras esa historia vino otra, la de un empresario valenciano que había llegado a Benin con el objetivo de invertir junto con socios locales en la fabricación y exportación de muebles de teka. Parece ser que a los locales el negocio que les propuso no les resultó del todo justo, incluso muy poco, y el empresario valenciano, que se despidió para dormir convencido de que había sentado las bases de un auténtico negocio, se levantó de la cama anulándolo y cogiendo el primer avión que salió hacia París. Toda la noche la había pasado aterrorizado viendo unas sombras negras que entraban y salían de su habitación, según relató. ¿Cierto? Quién sabe, yo no pegué ojo en toda la noche.

El episodio inexplicable

A la mañana siguiente cogimos el avión. Ocho horas hasta París, aterrizaje en el Charles de Gaulle, taxi para rodear la ciudad con el tiempo justo de embarcar en el aeropuerto de Orly rumbo a Biarritz. Ahí nos esperaba nuestro coche, aparcado ocho días antes, para conducir hasta Pamplona. Ese era el plan. Una hora después de ponernos en marcha se dinamitó.

Mikel y yo estábamos repasando las historias de la noche anterior. Como en cualquier debate que se precie, se generaron dos posturas claramente definidas.

- ¿¿Cómo se le van a meter en el brazo unos cristales y unas piedras?? ¿¿¿Pero tú te crees eso???
- A ver... Si nos lo hubiera contado un señor beninés, el del templo de las pitón, por ejemplo, con todo el respeto, seguramente no.
- Hombreeeee... Es que... ¿En qué cabeza cabe?
- Ya, pero para mí la clave a la hora de creérmelo es quién nos lo cuenta. Un tipo radicalmente escéptico con todo este tipo de creencias, ¡que es catedrático de Ética!, ¡que ha estudiado distintas religiones!
- Pero que no, que no puede ser, Maite. ¿No te das cuenta?

Y en ese instante, a Mikel se le ponen los ojos en blanco y empieza a sufrir unas convulsiones tan brutales que no puede controlar su cuerpo y las sacudidas hacen traquetear los cuatro asientos seguidos de la fila central.

- ¡Que me parta un rayo ahora mismo si es cierto!
Un chasquido eléctrico y de la nada aparece un rayo que se clava en el incrédulo.

Me aparto esa imagen de la cabeza. Le agarro de los hombros, le cojo la cara entre las manos, le retiro el flequillo, le llamo por su nombre... Nada sirve, está fuera de control. Me levanto y voy corriendo a buscar una azafata, le explico que tengo un problema con mi compañero. Viene y nada más verlo pregunta al pasaje si hay algún médico a bordo, pero a mí el clásico chiste de sketch no me hace ninguna gracia en ese momento, porque no sé qué coño está pasando. Uno de los dos hombres que han asentido se acerca, le mete la manga del jersey en la boca para que no se muerda la lengua, trata de sujetarle pero comprueba que es inútil. Hablo con él y con el otro pasajero que dice ser doctor, uno belga y otro norteamericano. Me preguntan si hemos tomado algún tipo de droga, si hemos podido comer algún alimento en mal estado, si se está medicando... ¡No! ¡No! ¡No! ¡Acaba de ocurrirle así, sin más! Si es epiléptico. No lo sé, creo que no, pero no estoy segura. La enfermera, pendiente en todo momento de nuestras conversaciones, se dirige a la cabina del piloto. Vuelvo a sentarme junto a él, con un miedo en el cuerpo que no es de este mundo pero aguantándomelo, intento sujetarle como puedo, hasta que se desmaya, completamente sudado y exhausto. Le tomo las pulsaciones en el cuello, las encuentro. Respiro. Parece que duerme. Respiro...

Entonces me llama la azafata, en un aparte me comenta que tendremos que abandonar el avión por medidas de seguridad sanitaria, por si acaso se trata de algo contagioso. Me notifica que en media hora tomaremos tierra en Togo y nos desembarcarán allí. A mí se me encoge de nuevo el estómago y me entran sudores fríos ante la perspectiva de llevarme a Mikel a un hospital africano, conocido lo que había conocido, sin saber qué le ocurría y con esa extraña imagen del rayo en la cabeza. Con todo eso y con el equipaje de los dos, cámara Betacam de las de entonces, trípode, cintas, baterías, cables... Más de treinta kilos en total. Mikel es un tipo alto y fuerte, uno ochentaytantos, que no sé si podrá ponerse en pie. Me niego. Le explico a la azafata por qué esa opción es imposible, no puedo hacerme cargo de todo eso sola ahí, en Togo, le pido por favor que me deje hablar con el piloto. Me concede el deseo. Entro en la cabina y le cuento que no puede ser nada contagioso, que hemos comido y bebido lo mismo todos los días, que no tenía ningún síntoma antes de embarcar, le ruego que nos deje en una ciudad europea, la que quiera, un escenario en el que me pueda manejar mejor que en una capital del África subsahariana. Consigo convencerle, contengo las lágrimas y le doy la mano como un hombre y un apretón en el hombro cuando lo que hubiera querido es abrazarle con toda mi alma, sobre todo para sentirme yo entre unos brazos en ese momento.

Salgo de la cabina pensando que si Dios existe acaba de entrar en ese avión, vuelvo a sentarme en mi sitio y a mirar a Mikel, a retirarle el pelo de la cara, secarle el sudor y hacerle caricias pensando que quizá así conseguiré conjurar lo que sea. Aflojo la tensión y me encuentro llorando en silencio. Trato de dormir, pero al poco tiempo el episodio se repite. Otra vez las convulsiones, los ojos en blanco, que es algo que provoca una impresión increíble, y la azafata mirándome interrogativa. Y yo pidiéndole que no con los ojos, que por favor no diga nada, que mantenga su calma profesional de azafata, que no podemos aterrizar ahí, porque no llevaremos ni cuatro horas de vuelo y calculo que debemos de estar sobrevolando Argelia. Su humanidad y mi mirada implorante terminan por vencer a la profesionalidad de la señorita, que se acerca a ayudarme a abrirle la boca de nuevo a Mikel para colocarle una servilleta y ponerle una almohada tras la nuca. Minutos después terminan las sacudidas. Pobre, pienso, no sabe ni lo que le está pasando, se va a despertar destrozado...

Sin más incidentes, horas después llegamos a París. Mikel despierta durante el aterrizaje, asegura que le duele terriblemente la cabeza, que se siente mareado y me pregunta qué ha ocurrido. Dejo la explicación para más tarde, me limito a decirle que se ha desmayado un rato, quizá por la presión atmosférica. No recuerda nada, ha permanecido inconsciente todo el viaje. Está tan agotado que apenas puede mantenerse en pie, así que recojo todo el equipaje, subimos a un taxi, rodeamos París por la autopista circundante así como a 140 km/h. porque le pido al taxista que, por su madre, tenemos que llegar en menos de lo que se tarda o perderemos el avión. Llegamos por los pelos, Mikel bordea el desmayo constantemente, en una hora aterrizamos en Biarritz, cargamos el coche y consigue dormir tranquilo durante todo el trayecto a Pamplona. Me pongo música, pero no dejo de darle vueltas a lo que ha ocurrido. Lo dejo en casa de su familia, le cuento a su madre a solas lo que le ha pasado y me asegura que no es epiléptico. Qué va, nunca ha tenido un ataque. Ah. Descargo el coche en la tele y me voy a casa.

Él no aparece en el trabajo durante unos días, está de baja. Cuando nos volvemos a ver me cuenta que no entiende qué le ocurrió, que nunca antes había sufrido un ataque de epilepsia, que ha estado en la consulta del médico de cabecera, con un neurólogo y con no sé qué otro especialista, y nada.

- No encuentran explicación.
- ¿Ninguno te ha dicho de qué podía venir?
- No.
- ¿Ni si, aunque no seas epiléptico, te puede dar un ataque una vez por algún motivo?
- No, no es lo habitual, parece.
- O sea que...
- Nada. Que no entienden cuál pudo ser la causa.
- Mmmh... Ya.

Nos miramos, arqueé las cejas, él también y nadie puso en voz alta sus pensamientos.


Nota. Esto ocurrió en febrero de 1997. Salvo el nombre de mi compañero cámara, todo es real. Las imágenes que he utilizado para ilustrar la historia, salvo la de la pierre noire, que es propia, las he tomado de las webs citadas. Cuando recupere mis fotos originales, analógicas, vendrán a ocupar su lugar, incluida la de la pitón al cuello.

miércoles, 23 de enero de 2013

Aquí el presidente de Indian Airlines

Septiembre 2005, Bilbao. Un día decides hacerte con un billete de avión por internet, dejas que te claven los gastos de gestión en cualquier operador intermediario que ofrece vuelos, o bien, para ahorrártelos, lo coges directamente en la web de la compañía. Te crees lista, eliges lo último. Lo compras, Delhi-Varanasi (Benarés, para los menos espirituales), y ya está. Previamente te habías hecho con los vuelos Madrid-Delhi, ida y vuelta, sólo te quedaba esa última inversión y, a partir de ahí, todo sería improvisar durante un par de semanas maravillosas. Así llegaba, por fin, el momento de viajar a India, con dos amigas, Ana y Guren, dos kilos de botas de monte en la maleta que alguien me recomendó por aquello de la basura que alfombra el suelo y que nunca usarás pero sí cargarás, y unas expectativas que no cabían en el avión. Loca de la vida, era tu destino soñado desde los 15. O quizá desde los 9, cuando tu padre, no se sabe muy bien cómo ni por qué, te llevó al cine a ver Gandhi, tres horas de película con intermedio. Creo que en ese momento nació el amor.

Va por delante que esta no es la historia de un viaje deseado y mágico -que lo fue-, sólo la de un trámite mínimo que nos llevó a conocer al Presidente de la compañía Indian Airlines. Así mismo. Sin pretenderlo y, sobre todo, sin ninguna necesidad.

Octubre 2005, Nueva Delhi. Tres días después de llegar, más o menos cuando el espíritu ha alcanzado al cuerpo y ha vuelto a ocuparlo.

- Buah, qué calorazo... ¿Pero no dijiste que mediados de octubre era el equivalente a la primavera?
- Sí. Ahora tendría que hacer 18-20 grados.
- Pues hace 35.
- ¿Qué quieres? ¡Será culpa mía que nos haya tocado la primavera más calurosa que recuerdan los viejos del lugar!
- Bueno, bueno... No empecemos con las susceptibilidades...
- Estas cosas pasan. Una vez fui a Berlín con unos amigos en marzo. Había leído en una web de previsión meteorológica internacional -sería la misma- que se esperaban temperaturas cercanas a los 20 grados, algo histórico. Pues no. Aterrizamos nevando y el termómetro no subió de los 2 grados ni un solo día.
- Cambia de web.
- Sí, o no viajes.
- Venga... No tensemos.
- Vale. Podríamos aprovechar esta tarde para coger un autorickshaw y acercarnos hasta la oficina de Indian Airlines que nos quede más cerca, ¿no?
- ¿Para qué?
- Para cambiar las reservas de internet del vuelo a Benarés por billetes de verdad.
- ¿Eso cuándo era?
- ¿Que cuándo habíamos pensado ir a Benarés?
- Sí.
- Pasado mañana. Para estar ahí tranquilamente cuatro o cinco días. Esa era la idea, ¿no?
- A mí me parece bien.
- Buah... Un autorickshaw... ¡Qué agobio! Con todo el traficazo y la contaminación...
- ¡Mujer, eso es lo divertido! No saber si vas a morir asfixiada por el CO2 o atropellada por una moto y un taxi al mismo tiempo!

Así comenzó una mañana de miércoles la gestión. Después de reforzar nuestras defensas con un refrescante lhassi, un yogur delicioso elaborado con leche de búfala, versión dulce o salada, y alguna galleta reblandecida que aún nos quedaba del viaje, nos echamos a la calle a interceptar uno de los miles de autorickshaws que esquivan taxis, motos y vacas en el caos urbano. Para quien no haya recorrido Delhi, conviene decir que es una ciudad extensa en la que los desplazamientos entre los barrios con amplios jardines y avenidas de las afueras y las áreas superpobladas que constituyen el centro pueden ser muy largos, aunque siempre entretenidos. Este medio de transporte tan local es una buena alternativa a los rickshaws, arrastrados por bicicletas. Pequeños y ágiles, con motor mecánico, una vez te instalas a bordo no tienes la inevitable sensación colonialista de estar explotando a ese hombre delgado y fibroso que, con la única fuerza motriz de sus dos piernas a los pedales, es capaz de trasladar a buen ritmo a una familia de cuatro miembros. Son prejuicios de turista judeocristiano, por supuesto. Todos los foráneos los emplean y les pagan sin ningún cargo de conciencia.



Bien, nos lanzamos a la vorágine del tráfico. Diez y media de la mañana. Con su calor ya más que latente, su polvo en suspensión y sus partículas de dióxido de carbono abriéndose paso hacia nuestros pulmones.

- ¡Hello, good morning! We would like to go to this Indian Airlines office, this one in the map.
- Mmmh... Better this.
El señor señala otra que, humildemente, una aseguraría que está bastante más lejos.
- No, no, we prefer this one.
- Ok, ok, señoritas bonitas. Italianas?
- Señor, ya vamos a empezar con eso otra vez...
- No, no somos italianas.

Ahí se inicia el consabido y entrañable ritual del regateo hasta que confluimos en una cifra de rupias, da igual la que sea, perdemos siempre, pero en India es tan insultante tu superioridad económica que nunca te sientes tan estafado como si hubieras elegido Bankia. Bocinazos, insultos en hindi, frenazos, insultos en inglés, acelerones, insultos en dialectos desconocidos, peligrosas y virtuosas maniobras entre camiones, la radio a tope con los grandes éxitos indios que mis amigas y yo coreamos entregadas haciendo feliz al conductor por unos minutos y... llegamos a la oficina de la compañía aérea. La primera.

Sólo queremos entregar nuestros folios con las reservas del vuelo interno Delhi-Varanasi para que a cambio nos proporcionen los billetes. No rediseñar las rutas de la aerolínea. No invadir su espacio aéreo. Pero una aspiración sencilla se transmuta en algo tremendamente complicado. Nos ofrecen chai, agentes de viajes que nos diseñen la ruta por el país, alojamientos de todo pelaje, taxis, empanadillas rellenas de carne picante... No hay manera. Nos remiten a otra oficina, la más cercana. Por supuesto, a unos 4 kilómetros de donde estamos. ¿Qué es eso en Nueva Delhi? Otro rickshaw, otra emisora de radio, esta de rico folclore rajastaní, más polvo y... segunda oficina. Casualmente la que nos había señalado el primer conductor. ¿Va a ser que él tenía buena fe y nosotras ninguna? No.

- Hello! We would like to change our reservations for the tickets.
- Mmmh... Let's see... Oh, it's not possible.
- But... Why??
- Well... We can do it for you. Little money!
- ¿¿Qué dice de poco dinero??
- ¿Italianas?
- ¿Paciencia lleváis, chicas? ¡No, no somos italianas! Dice que él nos hace la gestión. Cobrando, claro.
- ¡Ah, no! ¡¡Yo no pago un euro por lo que podemos hacer nosotras!! ¡Qué morro!
- Vale. Please, if we can't do it in this office, tell us where could we go.
- Oooh, there's no hurry... Do you want some tea? And we talk about it, señoritas...
- Y dale con el puto té... ¡Que no!



Mapa, autorickshaw, otros veinte o treinta minutos saltando entre carros, vacas, bicis y carrozas así como rocieras, celebraban el día de alguna de sus deidades. Teniendo el hinduismo más de mil, Delhi siempre es una fiesta. Las dos y media de la tarde. Tercera oficina.

- Tenga, las 150 rupias. Gracias.
- Pero... Aquí pone que han cerrado durante un rato, que vuelven luego...
- ¿Dónde?
- ¡¡En este cartel pegado con cello!!
- Adiós. ¡¡¡Corre Ana!!! ¡¡Llama al del rickshaw antes de que arranque!!

Ana sale corriendo. En vano, claro. A nuestro último conductor ya se lo ha tragado una nube de polvo. No pasa nada, aprovechamos para comer algo por ahí, unos fritos rellenos de algo tan condimentado como para conservarlo una década que venden en un puesto callejero. Aparte de hacer llorar y no permitir adivinar de qué van rellenos, están bien. Tras verme probarlos Guren y Ana no se arriesgan, normal. También nos regalamos un cucurucho de cacahuetes y unas mandarinas. Ya nos sentaremos a una mesa como señoras para cenar. Reposamos un poco tomándonos el siguiente té de la jornada, éste elegido, y... ¡a por ello!

En la cuarta oficina de Indian Airlines tampoco conseguimos lo que queremos, que si hay un problema con las fechas, que si se les ha estropeado internet y no pueden verificarlo... En fin, ¡la vida! Así que hacia las seis de la tarde decidimos en asamblea acercarnos a la sede central de la compañía. ¿Por qué no? Media hora más de caracoleo que ya no nos hace tanta gracia como a las once de la mañana y nos apeamos a la entrada del clásico edificio oficial de mármol negro y puerta acristalada, circundado por un jardín que en esta región de India se consideraría frondoso. Nada más traspasar el umbral nos recibe una maravillosa bocanada de aire acondicionado. Todo está impoluto, los uniformes de los empleados, el suelo, el mostrador, los sillones de cuero para el cliente... Hemos entrado en otra dimensión.

- Esto no es Indian Airlines, ¡es otro mundo!
- ¿No tenéis la sensación de estar como muy sucias de repente?
- Bastante.

Y sí, claro. Llevamos encima unas ocho horas de polvo, sudor y arrugas progresivas en la ropa a 36 grados, mientras que la señorita que nos atiende con un pelazo azabache brillante recogido en un moño impecable, blusa blanca y falda lápiz negra se ha conservado sin mácula en esta cámara frigorífica. Tras conversar afablemente con ella y exponerle el trámite que desearíamos formalizar a la mayor brevedad posible, repetir lo mismo a un segundo empleado y más tarde a un tercero, nos enfilan hacia un pasillo blanco. Éste desemboca en un pequeño laberinto de subpasillos más pequeños, salas de reuniones, cajas de cartón amontonadas y... voilá! ¡¡¡El despacho del señor Presidente de la compañía!!!

Entonces me doy cuenta de que estamos desarrollando punto por punto el mito del héroe. Partíamos con una misión, hemos seguido todos los pasos, superado diversas pruebas y obstáculos, recibido la ayuda de algún personaje benefactor -un vendedor ambulante que nos hizo un 3x2 con las empanadillas- y... el final del camino me toca hacerlo sola.

- Total, ya que eres tú la que más inglés hablas... Te esperamos ahí sentadas, si eso.

Bueno, pues aquí estamos. Ante un hombre de cuarentaytantos años que luce una considerable mata de pelo bien domada con brillantina, raya a un lado, ojos profundos de mirada inteligente y actitud cordial. En dos minutos formamos equipo y convenimos que, efectivamente, cambiar las reservas por billetes es una gestión nimia, en uno más hace que un empleado salga con nuestros folios y vuelva con los tres billetes de avión -contengo la emoción y no me lanzo a sus brazos-, y en un minuto más me ofrece el cuarto o quinto té de la jornada, que, por  supuesto, sorbo cortésmente mientras charlamos un poco de la profesión periodística y de si el motivo de nuestro viaje era ocio o trabajo.

¿Funcionó en este tramo final el hecho de haber notificado a la primera empleada de Indian Airlines nuestra profesión? ¿Decidieron que para la imagen de la compañía siempre sería mejor tratar bien a unas potenciales alimañas de la prensa europea? ¿Cualquiera que acuda a esa sede tiene la oportunidad de departir acerca de sus problemillas burocráticos con el señor presidente? No lo sé... ¡Probadlo!

Al día siguiente, ya lavadas y peinadas, con un criador de caballos que nos aseguró ser marajá.




martes, 18 de diciembre de 2012

Veranos de pueblo. La Tomasa

De lejos parecía Doña Rogelia. Siempre iba cubierta con un pañuelo anudado bajo el cuello del que escapaban mechones de esparto. Apergaminada, de tez curtida como el cuero viejo y dedos de sarmiento podía pasar también por una versión femenina de Don Quijote, pero le faltaba apostura. La recuerdo larga y siempre encorvada, apoyada en un bastón apareciendo entre las matas que flanqueaban la calleja que llevaba a su casa. Un lugar misterioso, aquel. Como la casa de la bruja que aparecía en Big Fish y resultaba no ser tan malvada ni tan bruja. La Tomasa tampoco, aunque a veces lo parecía. Lo único malo que tenía es que le perdía lo buena que era, y la sonrisa que se le escapaba entre las arrugas. Siempre iba seguida de su hermano, Serapio, también hecho una C viviente, y de una manada de perros imposibles de contar. Veinte? Veinticinco? Treinta? Famélicos y pardos, todos parecían hermanos o primos, y nadie sabía de dónde salían, pero aparecían de la nada en el pueblo y enseguida se les pegaban, aumentando la familia.

Tenía algo de épico aquella imagen de los dos hermanos jorobados seguidos por una hilera de perros flacos caminando entre las huertas, recortados contra los atardeceres de verano. Una épica de posguerra, de conflicto en los Balcanes o de campo de refugiados. Su casa era así. Nunca me atreví a llegar hasta el final de la calleja, que partía justo delante de nuestra casa, era un reto infantil que se me quedó sin cumplir. Pero cuando murieron yo ya había llegado a los dieciocho y había ahorrado para comprarme una Pentax P30-T con la que me sentía aventurera, aunque no tanto como para ir sola. Así que una tarde pedí a mi madre que me acompañara, también para sentir que llevaba conmigo el permiso de alguien que realmente era del pueblo, y con ella llegué hasta el final, atravesando las zarzas y la maleza que habían crecido salvajes desde que la Tomasa y Serapio se habían marchado. Primero, a una residencia, y después a donde sea que vayamos.

Descubrí su casa, como una cabaña pequeña, descuidada, y aunque la puerta estaba abierta, porque seguramente alguien la había forzado antes, al entrar tuve la desagradable sensación de ir a cometer  allanamiento de morada. Todo estaba allí. Como si cualquiera de los dos fuera a entrar en cualquier momento. Su ropa colgada de clavos repartidos por las paredes, su colchón de lana destripado sobre el suelo, la silla de patas de alambre en la que se sentarían para ponerse y quitarse las botas, las cazuelas con sus tapas y un cazo oxidado sobre la cocina de leña esperando que alguien encendiera el fuego. Y un par de pinzas sin calcetines. Sí, podía haber sido un hogar abandonado a toda prisa en medio de los Balcanes en plena guerra. Quizá fue así, no lo sé. Me impresionó encontrar un baño que funcionaba como almacén, la bañera llena de cacharros inservibles, las baldosas cubiertas de cubos, trapos, cachivaches diversos... Supongo que si me hubiera quitado de encima la sensación de tristeza, habría pensado que era la casa de unos buhoneros. Esto, buscando la poesía. Sin buscarla, una veía que aquellos dos hermanos que nunca se lavaban, que nadie sabía qué comían ni cómo conseguían alimentar a esa veintena de perros flacos, sufrían un síndrome de Diógenes como una catedral. Y que ese, seguramente, era el menor de sus problemas. 

Pero a pesar de los colchones, de los clavos y de la bañera, la Tomasa era la única persona del pueblo a la que recogía un taxi cada jueves para bajarla a hacer la compra al mercado de Estella, y cuando volvía, abría la puerta del taxi, se recogía trabajosa las faldas, la toquilla y todas las capas que se echaba por encima, salía de aquel vehículo inmaculado y extraño, y envuelta en su olor particular y en su perfume Maja de Myrurgia se agachaba como podía para decirnos a mi hermana y a mí "venid, majicas, os he traído unos chicles. De fresa, ¿verdad?". Y con sus dedos oscuros y sarmentosos nos dejaba en la mano un par de Cheiw Junior. Esa era la Tomasa.




domingo, 2 de diciembre de 2012

Veranos de pueblo

Autora: La que transcribe. 

Recordar los veranos desde el invierno. Sugerente. Recordar la infancia desde la adultez. Nostálgico. Introducir en la coctelera ambos ingredientes + los personajes que los protagonizaron, ¡¡inenarrable!! Pero lo voy a intentar.

Esto es lo que hicimos ayer en mi querida Vieja Iruña, nos reunimos 13 personas, valientes que no tememos a las supersticiones, ni a las temperaturas antárticas de la ciudad en diciembre, ni a las imprevisibles situaciones que pueden generarse cuando se reencuentran personas que compartieron vacaciones estivales, postillas en las rodillas, bocadillos de Nocilla, excursiones en bici, tomates robados y disfraces que no eran disfraces, eran la vestimenta del cura. Todo esto en un pueblo de veintipocas casas, un par de calles, una fuente, un lavadero, un bar, una iglesia, un cementerio, mucho campo para correr alrededor y buenas carreteras de gravilla en las que despellejarse uno vivo al derrapar. Olvidaba un detalle, al llegar a este pueblo la carretera muere y nacen las laderas de una sierra escarpada que alterna robles y encinas hasta un circo rocoso sobrevolado por buitres. Desde allí se derrama un viento fresco todas las tardes de verano hacia las seis. Mágico.

Valientes decía, sí, los que nos asomamos ayer al pasado, gente corajuda que no se amilana ante la posibilidad de que el restaurante del casco viejo que tiene a bien darnos de comer tras arribar a su barra con el frío ya superado gracias a una rigurosa dieta líquida, pueda convertirse en la casa de las dagas voladoras. Hubo alguien que atisbó ese riesgo, y avisó. Se equivocó, menos mal. Porque entre los componentes del grupo hay uno que maneja palas excavadoras como otros conducimos mondadientes. Así que tonterías, las justas. Me paso al dialecto. Tonterías, las justicas, ¿eh?

Bien. En los 13 del patíbulo se rastrea hoy en día un poco de todo, como en cualquier comunidad de vecinos. Madres y padres, solter@s vocacionales, noctámbul@s impenitentes, profesionales cada uno de lo suyo (del hogar, la policía, la maternidad, la fábrica, la sanidad, la empresa, los medios de comunicación...). Con unas cuantas historias en la mochila y más o menos suerte en la vida, supongo. Pero, sobre todo, con memoria de paquidermo. Me quedé muerta. Mentes brillantes se han perdido el MI-5 y el Mossad por no haber rastreado a tiempo Tierra Estella. (Casos de Alzheimer prematuro, también).

- ¡Hostia! ¿Os acordais de lo del buzón?
- ¿Cuál?
- ¿Había buzón?
- Sí, joder, el que estaba al lado de la puerta del bar.
- Pero... ¿de los grandes?
- ¡De los grandes no! ¿Dónde vas a meterlo? ¡De los pequeños! ¡Uno amarillo que estaba atornillado a la pared!
- ¡Ah sí! ¡El que arrancó no sé quién en  fiestas una vez!
- Joder, ¡lo arranqué yo! ¡Con Koldo y con Alfonso! Para jugar un partido de fútbol.
- ¿¿Con el buzón??
- Buah, ahí estuvimos dándole patadas a las ocho de la mañana delante del bar, después de que terminó la orquesta. ¡Cómo lo pasamos! Hasta que nos cansamos y nos fuimos a dormir.
- Yo no me acuerdo...
- Es que tú no estabas.
- Caro, ahí ya os quedabais los malos.
- Total, que estaba yo en la cama y sube mi madre, "oye, que está abajo la Guardia Civil". "¿Y qué quieren?". "Pues hablar contigo". "Bah, si me acabo de meter a la cama, diles que estoy durmiendo".
- ¡¿Qué dices tío?! ¿No bajaste?
- No. Así que conforme sale mi madre me quedo sobado otra vez. Y de repente una mano me hace pam-pam en el hombro, "despierta". Abro los ojos y... ¡ostia! ¡¡Un guardiacivil en mi cuarto, al lado de la cama!! Buah, ni sé lo que le conté.
- Algún vecino, que les llamaría.
- Qué amargaos, chica, una vez que son fiestas al año...
- Igual le estarían jodiendo un poco el sueño con el ruido de las patadas al buzón.
- Puede ser, sí...
- ¡¡Ah!! Que luego vino Alfonso a casa a desayunar y se llevó el bote de Nocilla de 500 gramos y pensamos ¿para qué, si acaba de ponerse ciego a magdalenas y bizcocho?
- Y cuando nos levantamos nos encontramos la pared del bar pintada con letras gigantes, NO PASARÁN.
- ¡¡Con la Nocilla!!
- ¡¡¡Sííííí!!!
- Ostras, yo no me acuerdo...
- Es que tú no estabas.




sábado, 14 de julio de 2012

Desde el otro lado del charco

David Rodríguez

Parece mentira... Que hasta hace tres o cuatro años esto estaba lleno de españolitos, que venían a Natal de pulsera, ocho días por setecientos euros avioncito, cama, animación y caipirinhas, todo. A ver culos, a ver si los cataban y a ponerse morenos. Los aventureros se me llegaban hasta el Amazonas, a recorrerlo en canoa, a perderse en la madre selva entre manglares y mosquitos y hacerse el Coronel Tapioca un rato. Y los más curiosos se me bajaban hasta Río de Janeiro, a bailotear un poco de samba, a soltar cintura y cadera y liberarse de tanto trabajo, tanto horario, tanta hipoteca y tanta cagada. Qué vida la europea...

Hasta había aprendido a decir kaixo, y agur y eskerrik asko, que los vascos son muy de lo suyo y allá donde van quieren enseñarte su lengua, y si se empeñan, hasta te sacan un txikito de la botella de vino que tienes tú refrescando ahí en el cubito, para cuando terminas de dar betún. Que ellos no son españoles, son montañeros, es distinto. A ellos poco betún les daba, también es verdad, con esas sandalias de goma y velcro, escaso negocio. Pero luego te venían los que ya sí son españoles, que parece que se les distingue por los pies, las señoras con zapatito plano y los caballeros con calzado cómodo, de piel algunos, otros de plástico que de mayor quería ser piel pero no llegó a viejo. Y ahí me sacaba yo mis reales, sí señor. Buenos tiempos aquellos, buenos tiempos...

Pero oye, que se les ha venido todo encima y ya ni se acercan. Ahora les come el paro, y los recortes, y se les va la educación pública al carajo, y hasta los funcionarios empiezan a quedarse sin pagas. Y mira cómo es la vida de curiosa que resulta que precisamente ahora los chinos, los rusos, los indios y los brasileros somos los que empezamos a sacar la cabeza, bueno, yo soy brasilero de segundo, de primero soy y seré siempre uruguayo, del maestro Tabárez y del enorme Benedetti, de fornicar en los umbrales porque uno es claustrofóbico y siempre encuentra agorafóbica, y así me van los amores y la vida, que nunca asiento el culo.

Y digo yo... que hasta que me note subiendo como el Brasil, hasta que me llegue la ola emergente al bolsillo, tendrán que venirme más turistas. Porque ni a los hermanos portugueses se puede recurrir ya... A ver si conforme la economía aquí va tirando p'arriba a mí me van descendiendo ya esas seis torrecitas de latas de betún, que no se me mueven y ya estoy aburrido de ver al Pájaro Loco en la cajita...

martes, 19 de junio de 2012

Back to life, back to reality...

Este domingo, tras cinco semanas de trabajo intensivo y una de premio en una isla mediterránea pequeña pero grande, volví a la realidad. Necesité ver dos películas para enfrentarme a ella. He de decir que así tampoco lo conseguí. Una en el cine, Moonrise Kingdom, otra en la tele, V de Vendetta. Me parecieron las dos mejores opciones para sobrellevar el retorno a la no-vida que supone estar al tanto de la actualidad.

¿También os habéis percatado de que actualidad = macroeconomía? IBEX, prima de riesgo, rescate, capitalización... el vocabulario de la sección de Economía se ha hecho fuerte y es ya lo único que nutre los informativos y la prensa. Bueno no, también está la Eurocopa. Y lo de Dívar, el señor que saludó acartonado el otro día al príncipe Felipe sabiendo que era lo último que iba a hacer como presidente del Tribunal Supremo y el CGPJ. Eso, y dimitir este jueves, parece, aunque hace dos semanas dijera que ni loco. ¿Qué son veinte viajes de fin de semana a Marbella y otros doce por las Españas pagados entre todos? Nada. ¿15.000 euros distribuidos entre los contribuyentes? Monedillas de cobre comparado con el rescate a Bankia, otro tazón de aceite de ricino que nos hemos tenido que tragar. No voy a ahondar en esas aguas residuales porque no me veo con ánimo todavía. Deseo que perdure el efecto isleño en mí, a pesar del tiempo plomizamente escocés que nos mantiene jóvenes estos días en Bilbao. No tenemos nada que envidiar a las dependientas que atienden criogenizadas la charcutería junto a la sección de yogures del súper. Con jersey en verano, sí, pero de una tersura inaudita.

Volviendo a mis dos películas dominicales como vía para confrontar la realidad, os doy a elegir entre evasión y acción directa. Me doy cuenta de que hablo como si me escuchaseis, creo que estoy en un momento en que necesito interlocutor de pensamientos. Moonrise Kingdom es una fricada encantadora y divertida de Wes Anderson, un tipo ciertamente curioso que insiste en demostrarlo con su cine, su manera de rodar, los escenarios que elige y el carácter del que dota a sus personajes. Para no desvelar nada sólo avanzaré que Bill Murray y Frances McDormand aparecen como matrimonio. No me importaría nada ser su hija, huir de Europa y vivir un tiempo dentro de la idílica aventura que construyen los protagonistas. Supongo que para cuando volviera todo sería diferente. De entrada, Europa ya no existiría. Incluso no va a ser necesario que me escape y retorne para ver esto último.


En V de Vendetta el héroe protagonista, acompañado más adelante en su adhesión a la causa por Natalie Portman, clausura sus acciones progresivas contra el sistema totalitario que rige la vida de los británicos en un futuro cercano dinamitando literalmente el Parlamento de Londres en una sinfonía de fuegos artificiales y épica orquestal de Tchaikovsky. ¿Por qué? Porque considera que es un gesto que demuestra a su gobierno, presidido por un Gran Hermano orwelliano, que el pueblo no está sometido sin remisión, que es capaz de recuperar su fuerza, su poder legítimo y su voluntad de negarse a la imposición de unas condiciones de vida no ya alienantes, sino aniquiladoras. Control gubernamental de la información, utilización asumida de la propaganda, diseminación de la semilla del miedo como herramienta de control social... Inquietante, ¿no? El parecido con la realidad, digo. 

En fin. Mi chico tenía razón, tenía que haberme quedado en la isla. Lo que no sé es cuánto tiempo más... ¡Hola de nuevo! ;)