miércoles, 14 de diciembre de 2011

¡Tan real!

Ayer escuché la conversación que paso a recoger líneas más abajo y me dije... sí, la evolución es así. No hay. Viajaba en el tranvía, sentada frente a una pareja de unos siete años, de edad, de duración no sé. Niña y niño. Ojos brillantes, mofletes colorados por el frío e inflados chalecos de pluma de oca sin los que se habrían quedado como sus propietarias cuando se las quitaron, las plumas, en ná. Ella aferrada a un cepillo de pelo, de esos que van doblados y cuando los abres les sacas los pinchos hacia afuera apretando con los dedos en la goma negra hasta que parecen erizos y, de repente, descubres que en el mango llevan espejo (sí, chicos, esta herramienta existe). Ella hace que el erizo saque las púas y se convierta en cepillo, se lo pasa unas cuantas veces por el flequillo quedándose instantáneamente ciega, porque lo lleva largo hasta el peligro, se revisa en el espejo como puede mientras el niño y yo ponemos caras, nos sacamos la lengua, subimos las cejas y tal, y se arranca. Ella a por él.

- Dime que estoy bonita...
- Yo veo lo que veo...
- ¡Dime que estoy bonita!
- ¡Yo veo lo que veo!
- ¡¡¡Que me digas que estoy bonitaaaaaaaaa!!!
- ¡¡¡¡YO VEO LO QUE VEEEEOOOOOOO!!!

Dios, más claridad, en el Polo. Así somos. La coqueta necesitada de la aprobación ajena y el realista prosaico. Tantos años de lucha feminista, de reivindicar voz, voto, firma en el banco, igual salario, las mismas condiciones, maternidad... tantos años de quemar sujetadores en hogueras militantes hace ya casi medio siglo, de terapias, de refuerzo personal, de aprender a querernos, entendernos y aceptarnos, de buscar nuestro propio camino en la selva profesional... En fin, tanto ¿pa'qué? Si resulta que las estanterías de las Barbies, las Bratz, las Monster High -yo con estas flipo, aún no sé si me gustan o no- quedan arrasadas y temblorosas estos días como las de los supermercados en plena hambruna post-nuclear. Que ponernos guapas está muy bien, no seré yo quien diga lo contrario. Pero para nosotras, ¿no? Si ya sabemos que cuando una se gusta, también gusta al resto. Ahí está el truco.

El chico, bien. Como terapeuta de Gestalt le veo futuro. Como dependiente de Gucci, dos días.

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