viernes, 24 de febrero de 2012

Lo haría

David Rodríguez


Podría matarte cuando quisiera. Por la mañana al cruzarme contigo camino del autobús que te lleva a la editorial donde trabajas. Mientras paseas con tu enorme perra negra junto al mar. O en el banco. Acercarme por detrás cuando estás sentada leyendo ese libro de un tal Kawakami. No sé cómo te gusta leer esa basura nipona. Bueno, no sé cómo te gusta leer. A mí me pone nervioso. Pasar horas delante de unos trozos de papel firmados por alguien que se cree tan importante que merece mi tiempo. Cuánta presuntuosidad... Qué vacío. Si toda esa gente que escribe libros se hubiera asomado a mi abismo, no tendría nada que contar. Meses y meses desnudo en celdas de aislamiento. Seis metros cuadrados llenos de una nada blanca. Ese hielo les habría abrasado las vísceras y el cerebro y les daría igual todo. Si te has revolcado en tanta inmundicia, tanta soledad y tanta indiferencia, sales limpio de la nada. Puro.

Es gracioso. Existe un punto. El desierto te parece infinito al atravesarlo, pero no lo es. Hay un punto muy preciso que marca el final del viaje, pero es invisible, sólo lo encuentras si estás muy cerca. Justo ahí, cuando cruzas tu umbral y pierdes el respeto a todos, a todo y a ti mismo, te das cuenta de que eres libre. Sientes una libertad inmensa... Da miedo, al principio. Es tan salvaje que te vuela la cabeza. Te emborracha, te vuelve loco y te hace invencible. Eres un águila imperial. Puedes hacer lo que quieras porque no queda nada capaz de atarte a la vida. Eres dios.

¿Sabes cómo actuamos los dioses? Por impulsos, sin responsabilidad ni consecuencias. Y este es mi margen cuando trabajo. A mí me hacen un encargo y cuentan con la garantía absoluta de su ejecución, pero saben que seré yo quien decida cuándo y cómo. Hace tres meses que lo sé todo de ti, cada costumbre, cada manía, cada tic y cada gesto. Sé cómo hueles. Podría matarte cuando quisiera. Pero me gustas.

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