miércoles, 21 de septiembre de 2011

Kiseki y Arrugas

¡Gran día ayer! Donosti, sol de septiembre, brisa marina, reencuentros con amigos y pelis. Sesión doble. No hablaré de aquellas legendarias sesiones de cine en que pagabas una película y veías dos porque yo no lo viví. Soltaba en la taquilla de los Cines Lux de Estella 25 pelas por entrar los domingos a las cinco y cuarto y salir antes de las siete y ya está. No engañemos a costa de alimentar el mito.

Koki y Oshiro Maeda, como dos estrellas de mar.
KisekiHirokazu Kore-eda. 12 h. Kursaal 1. 
Una pareja treintañera se ha separado y se ha repartido sus dos hijos, Koichi y Ryunosuke. Dos hermanos en la vida real viven esos papeles. Dos hermanos divertidísimos ayer en el photocall y muy profesionales en la rueda de prensa. Koichi, el mayor, reflexivo, lleva una existencia bastante anodina con su madre y sus abuelos en Kagoshima, una ciudad donde cada día llueve ceniza. Ryu, el pequeño, vitalista y vividor, comparte apartamento en Hakata con su padre, voz y guitarra de un presunto grupo indie, planta habas en su minihuerto, disfruta y se ríe con cada cosa que hace. El mayor echa de menos aquellos maravillosos años en que eran cuatro, llama cada día a su hermano cuando sale de la piscina y se entera de que un tren bala va a conectar las dos ciudades. Ahí arranca la historia. ¿De qué va? De los sueños, de los deseos, de esa época de la vida en que creemos que todo es posible. De los milagros. Un regalo de más de dos horas que, a mí al menos, no se me hicieron largas en absoluto. Disfruté, viajé, sonreí por muchos y distintos motivos y me reí con ganas cuatro o cinco veces. Hay situaciones y diálogos definitivos. Y por encima de todo hay una mano, la de Hirokazu Kore-eda, que te lleva al agradecido e inabarcable universo del día a día infantil y te deja ahí con una verdad, una poesía y una naturalidad maestras.






Paco Roca, autor del cómic.
Arrugas, Ignacio Ferreras. 18.30 h. Príncipe 7.
Va un día Paco Roca, con sus pelos disparados de crío que se resiste a crecer y se marca un cómic que habla de algo tan jodidamente duro y cotidiano como es el Alzheimer. Lo hace con ternura, comprensión, cercanía, humor incluso negro y realismo. Y va y se lo reconocen con el Premio Nacional de Cómic. Normal. Esto ocurrió hace tres años. Va otro día Ignacio Ferreras, que ya había hecho sus cositas en cine de animación hasta con Dreamworks y ganado también algún que otro galardoncillo internacional y se decide a pasar a 2D el cómic de Paco Roca. Y... ¡aquí lo tenemos! (El Voilá! me pone mala).

A Emilio lo deja su hijo en una residencia de ancianos cuando aparecen los primeros síntomas de Alzheimer. Allí encuentra un compañero de acento argentino, Miguel, el superviviente nato, que siendo tan diferente a él es quien le sostiene en ese lugar necesario pero difícil de digerir que es un geriátrico. Durante la hora y media que vivimos en ese centro nos rodea la desolación de algunas decadencias irremediables, achaques físicos, demencia senil, paranoia, manía persecutoria... y las muestras de amor y amistad más sólidas y duraderas. Una de cal y otra de arena. Una fotografía social veraz por la que Ferreras opta al premio Nuevos Directores de Zabaltegi y con la que Roca se ha quedado satisfecho.

Cuando salía de la sala con el corazón bien apretado por la mano invisible del miedo que genera el "esto te podría pasar a ti" pensando en los futuros posibles, el de mis padres, que por suerte, por vida sana y por genética de momento van bien, el de padres de amigos que ya están ahí, el mío y el de los míos cuando pasen unas décadas, escuché a una mujer de unos cincuenta que hablaba al móvil con alguien afín.
  • Sí, lo que me imaginaba. Ya me pasó cuando leí el cómic. Preciosa, pero... el puto Alzheimer. No he parado de llorar en toda la película.
Pues eso.

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