Una está desesperándose en la sala de espera del otorrino y se da cuenta de que lo oye todo. Paradojas de la vida. Oye nítido y cristalino los lloros del niño en un cochecito a nueve metros, los murmullos de la madre acercando su cara pelín constreñida al coche "tranquilo, cariño, que enseguida nos vamos", oye el escepticismo demoledor que supuran las palabras de la señora rubia que se sujeta el pecho con los brazos cruzados "no creo, con este siempre es igual, como poco te quedará una hora". Una desearía disponer de menos información. Estar peor y no oír nada. Bueno, eso lo dice una porque sólo viene a por los resultados de aquellas pruebas. Aquellas pruebas que se hizo tres meses antes y dos meses después de pedir cita por el incidente que le hizo acudir a este especialista. Me dolía un oído por dentro en situaciones de ruido, alboroto y confusión, tipo bares atestados y mercados en hora punta. En estos cinco meses que han transcurrido podría haberme quedado sorda perfectamente. Por suerte no ha sido así. Para cuando me ha tocado recoger los resultados, mi oído ya había superado por sí mismo lo que fuera que le daba mala vida. Autogestión. Gracias, padres, por esta genética.
Lo bueno de esa horaza de espera fue que estuvo poblada de personajes entrañables. A mi izquierda viví una secuencia digna de ser colgada en youtube por aquello de salvar abismos generacionales y mostrada en un taller sobre el ocio en la tercera edad. Abuela de ochenta años y nieta de nueve. La nieta maneja una Nintendo rosa como si fuera a competir en Londres 2012. La abuela se implica más que si estuviese reclamando un aumento de su pensión al propio Director de Servicios Sociales.
La nieta, aplaudiendo ¡¡¡¡¡Plás-plás-plás-plás-plás!!!!! y jaleando a su atleta de la pantalla, en voz bajita (como si se pudiera jalear en voz baja)...
- ¡¡Ánimo!! ¡¡¡Ánimo!!! ¡¡¡¡Ánimo!!!! ¡Venga, amona! ¡Que tenemos que apoyarle, aplaude y dí ánimo!
- Ah, vale. ¡Ánimo! ¡Ánimo!
- ¡Muy bien, muy bien, amona! ¿Ves cómo corre? ¡Ahora tenemos que hacer así rápido-rápido!
La nieta frota el lápiz óptico contra la pantalla izquierda-derecha-izquierda a la velocidad de la luz. La abuela sigue el lápiz centella, que ni se ve de puro rápido.
- ¡¡¡¡¡BIEEEEEN!!!!! ¡¡¡Hemos ganado!!!
La abuela sonríe luminosa y aplaude satisfecha, ajena a las miradas divertidas de quienes estamos alrededor.
- ¡Ahora tú, amona!
- Buff... ¡yo no!
- Que sí, toma. Tú ya sabes. ¡Venga, anima!
Y otra tanda de aplausos fervorosos, esta vez a dúo. ¡¡¡¡¡Plás-plás-plás-plás-plás-plás!!!!!
- ¡¡Ánimo!! ¡¡¡Ánimo!!!
La abuela mueve el lápiz como si hubiera recibido una descarga en el codo. Creo que también está seleccionada para las Olimpiadas.
- ¡¡Toma!! ¡Hemos hecho 143 puntos! ¿Ves como sí sabías?
La abuela sonríe, me mira y levanta los hombros.
Yo, de mayor, quiero ser así.
Concluidas ya las dos últimas pruebas del Mundial de Atletismo me dio por cambiar de flanco. Miré hacia la derecha y ahí me esperaba otro hallazgo. José Luis, un simpático señor de 77 años que vivió esa hora larga de espera, ese fragmento de existencia, encajado en la silla de plástico a la derecha de la mía. Se intima mucho en estas salas. Como los asientos están diseñados en hilera y unidos entre sí, el espacio entre tu cuerpo y los de tus camaradas en la impotencia es de diez centímetros. Si alguien está gordo en la hilera, ya ni corre el aire. Cuando se dirigió a mí interesándose amablemente por mi oído -obvio sí, pero peor es "qué malo ha ido este verano. Sí"- pensé este es mi padre, dando conversación a las piedras en cualquier momento y situación. Y casi acierto. El mismo nombre y la misma edad. Me cayó bien enseguida. El hombre había trabajado de calderero en Euskalduna y después en varios talleres haciendo siempre el mismo trabajo. Sacar algo del metal a limpio mazazo. Vida dura.
- No lo sabes tú bien... Entonces no llevabas protección como ahora.
- Nada, a lo suelto, ¿no?
- Sí, sí, ni cascos ni nada. Al culo de los calderos le dabas forma golpeando el metal con un mazo.
- ¡La madre de dios! ¿Y no hay máquinas para eso?
- Ay, maja... Ahora sí, antes se hacía todo a mano. Era como estar dentro de una campana mientras alguien le daba golpes desde fuera.
- Ufff... Y así ocho horas diarias... ¡o diez! Para volverse loco.
- ¿Cómo? Se hicieron experimentos, poniendo a hombres dentro de una campana y repitiendo con mazos el impacto de sonido que recibíamos a lo largo del día, y hubo quien acabó con problemas mentales.
- Pues es una suerte que pudiendo estar loco, sólo esté un poco sordo...
- La verdad. Pero también hice otras cosas, ¿eh? Fui batería.
- ¡¿Además de calderero?! ¡Eso ya es vicio!
- Me gustaba. Para ser timbalero había que estudiar solfeo, para batería no, con llevar el ritmo...
- ¿Verbenas? ¿Bodas?
- Sí, Euskadi, Burgos, Santander... Te ibas de casa un mes entero en verano. A mí mujer no te creas que...
- ... le volvía loca el hobby...
- ¡Buff! Al final lo dejé.
- ¿Y no le ha roído alguna vez el gusanillo de volver a salir por ahí con la banda?
- Sí, por eso pensé... mejor quitarlo. Cogí una sierra, corté el bombo por la mitad y ya está. Ese día mi mujer ganó un marido.
- ¡Gran cierre!
Y gran contador de historias. José Luis también fue sindicalista...
-... y como entonces casi nadie tenía estudios, me dijeron venga, José Luis, tú de jefe
- Así que salió del ruido de las calderas pero entró en el barullo de los compañeros y el patrón.
- ¡Bah! Eran tiempos de agarrarse a todo, y uno no sabe estar sin hacer nada.
- ¡Esparza Nieva! ¡Maite!
- ¡Presente! José Luis, me da pena, pero te tengo que dejar...
- Pierde cuidado, mujer.
Me dieron ganas de pedirle el móvil para tomar un café otro día. Mientras franqueaba El Umbral Sagrado del Especialista imaginé que la abuela olímpica y el calderero Watts podrían haber sido pareja. Seguro que ella le habría acompañado en las verbenas con su banda. Al salir puse una reclamación por la hora larga de retraso. A cada uno lo suyo.
jueves, 8 de septiembre de 2011
martes, 6 de septiembre de 2011
Iba el Lobo López...
... tragando saliva,
por no hablar a tiempo
estaba sufriendo,
su amor se le iba...
por no hablar a tiempo
estaba sufriendo,
su amor se le iba...
¡¡¡La he conocido!!! ¡A la mujer que dejó escapar El Lobo López! Sí, la que protagoniza el fuera de plano de la canción que escribió Kiko Veneno hasta que entra ya en la penúltima estrofa. Según me cuenta Ella, además de seductor sobrenombre El Lobo López tiene nombre propio, profesiones varias y sobre todo variadas y, claro, trayectoria bohemia. Algo más ha de tener, intuyo. La historia de esta interesante mujer que conocí hace poco y de su cómplice y amante ocasional a lo largo de los años transcurrió hace bastante tiempo, y está construida, como las buenas historias de amores pasionales, a golpe de viajes, búsquedas, reencuentros y desencuentros. Y siempre con distintos escenarios de fondo. París, Barcelona, la selva mexicana... Mucho disfrutar y mucho padecer, como suele ser. ¿Lo más sugerente? Que aunque Ella tenga pareja estable hace tiempo, nuevas entregas sobrevuelan el terreno de lo posible.
Quizá estoy muy condicionada por mis alrededores pero creo que es difícil que exista mujer que no se haya enamorado nunca del malo. (Y demás opciones, pero una nació en femenino hetero y habla de lo que conoce). Quien más quien menos ha tenido un Lobo López en su cama, en su corazón y en su pensamiento. Acechándonos. Y nosotras esperando que nos aceche, o yendo en su busca, dejándonos engatusar y esperando transformar la parte que nos hace sufrir de su naturaleza salvaje en una condición doméstica, cálida y tierna. No tanto la del corderito de Norit como la de un fiel golden retriever. Pero en el fondo sabemos que así dejaría de gustarnos y de tenernos con las tripas agarradas, así que cuando caemos en una de estas vivimos en una dicotomía bastante angustiosa. Lo que te mata, te alimenta. Vendría a ser. Relaciones pasionales, entrecortadas, intensas, bordeando el precipicio. Walk the line. Relaciones en las que una se encuentra haciendo cosas que creía que no iban con ella y que nunca haría. Noches sin dormir, esperas desesperadas de madrugada, trayectos interminables en coche, encuentros exultantes... Vida, como diría Keith Richards. (Otro día entraré con su autobiografía, voy por la adolescencia. Prometedora. Conocida e intuida. A ratos tierna y sorprendente).
Volviendo al asunto, lo más interesante de todo esto es qué aprendes de ti cuando te acercas, te mantienes al lado y ya luego te alejas del Lobo. Una tiende a creer que emana una fuerza interior recibida directamente de los dioses que la hace capaz de conducir a la fiera hacia la luz. Una se cree salvadora. Y ahí la caga. Sin remedio. En ese tira y afloja subterráneo es mucho más sencillo dejarse arrastrar al lado oscuro que salir del túnel. Cuando una se ha aburrido ya de repetirse en parecidas secuencias con distintos actores se da cuenta de que la realidad es la que es. Inmutable. No hay dios que cambie a quien no quiere cambiar. Por mucho que te lo prometa.
Tengo que decirle
que la echo de menooooos,
lo he dejado todo por no hacerle daño
soy un Lobo buenoooooo...
Seguro. Para los parámetros de bondad que manejaría el inventor de la bomba atómica.
Volviendo al asunto, lo más interesante de todo esto es qué aprendes de ti cuando te acercas, te mantienes al lado y ya luego te alejas del Lobo. Una tiende a creer que emana una fuerza interior recibida directamente de los dioses que la hace capaz de conducir a la fiera hacia la luz. Una se cree salvadora. Y ahí la caga. Sin remedio. En ese tira y afloja subterráneo es mucho más sencillo dejarse arrastrar al lado oscuro que salir del túnel. Cuando una se ha aburrido ya de repetirse en parecidas secuencias con distintos actores se da cuenta de que la realidad es la que es. Inmutable. No hay dios que cambie a quien no quiere cambiar. Por mucho que te lo prometa.
Tengo que decirle
que la echo de menooooos,
lo he dejado todo por no hacerle daño
soy un Lobo buenoooooo...
Seguro. Para los parámetros de bondad que manejaría el inventor de la bomba atómica.
La verdad es que fue divertido escuchar su historia el otro día al gran amor de El Lobo López, porque nos creemos únicos y especiales, pero incluso en el amor todo se repite. Diferentes caras, cuerpos y nombres. Las mismas historias. Como las que viven en el territorio de Lo No Dicho. Los amores sentidos y raramente manifestados. Los que clavan sus patas en el corazón y en la ilusión y de ahí no las mueven. La del corazón porque lo que no se estrena ni se pone a prueba es difícil que se estropee y pierda brillo, con lo cual tiende a durar un tiempo no eterno pero sí indefinido. La de la ilusión por eso mismo, y además porque la conveniencia, la comodidad, la falta de arranque, el miedo al salto al vacío y al cambio... la cobardía, la experiencia, suelen sumar razones más que suficientes para que esa pata siga bien enraizada donde está.
Pero no para todos. Hay sujetos valientes, sujetos honestos, inconscientes, kamikazes, a veces todo al mismo tiempo que se saltan esas reglas y si pierden a alguien no es por no haberlo intentado. Para bien y para mal, entre ellos me cuento. Supongo que es por eso que las veces que he vivido la experiencia desde el otro lado, el de la receptora de ese arrojo y de ese arrojarse sin saber ni si había red, se me despierta una mezcla de cariño, complicidad y admiración brutal. Venga... ¡Va por esos lobos!
Pero no para todos. Hay sujetos valientes, sujetos honestos, inconscientes, kamikazes, a veces todo al mismo tiempo que se saltan esas reglas y si pierden a alguien no es por no haberlo intentado. Para bien y para mal, entre ellos me cuento. Supongo que es por eso que las veces que he vivido la experiencia desde el otro lado, el de la receptora de ese arrojo y de ese arrojarse sin saber ni si había red, se me despierta una mezcla de cariño, complicidad y admiración brutal. Venga... ¡Va por esos lobos!
miércoles, 24 de agosto de 2011
Grey day
| La foto es robada. El contenido, nunca visto. |
En esta coyuntura a mi modo de ver tirando a tristonil mi chico se ha encontrado junto al parking un muerto. Esta mañana, cuando madrugaba como una alondra para hacerse un monte, que es algo que, entre otras cosas, sabe hacer muy bien. Un muerto. Mientras me lo contaba me he dado cuenta de que nunca he visto uno. Él tampoco ha llegado a verlo realmente porque los ertzainas que rodeaban el cadáver ya lo habían cubierto con una de esas mantas térmicas que parecen papel de aluminio para envolver bocadillos pero más bien suelen envolver emigrantes congelados que llegan en patera a las costas andaluzas y canarias. O chavales que se estampan contra un puente en una autopista a 150 km/h. No sabemos por qué ha muerto ese señor ni de qué. Si de sobredosis, de coma etílico o de paro cardiaco simple y definitivo. Tampoco sabemos si era un señor de 53 años o un chaval de 27. Como Amy, que según nos dicen ahora parece que estaba limpia de drogas que no fueran alcohol el día de su fallecimiento. ¿Qué más da qué hubiera consumido en las horas previas a su muerte? La cuestión es que esa chica que a mí me provocaba ternurilla ha palmado y no va a poder grabar nada más con esa voz que tenía. Pero ya estamos rascando con la uña el cartoncito de su muerte como hienas, para ver si debajo del círculo dorado nos aparece alguna de las palabras mágicas. "Crack". "Heroína". "Cocaína". Esta es otra tribu que me provoca infinita pereza. La de quienes se llevan las manos a la cabeza cuando ven o escuchan hablar a alguien que se ha metido un par de rayas, o ha tomado éxtasis, por ejemplo. Claro, es malo. Trincarse doce vinos, o tres katxis de kalimotxo, o seis gintonics, eso sí, bien puestos, es sano para el organismo, contribuye a limpiar la flora intestinal y libera las neuronas mejorando su funcionamiento a medio plazo. Qué cansinismo. Este es un debate plagado de tópicos y de demagogia. Sin frivolizar ni restar importancia a lo que sin duda la tiene, o todo es bueno o todo es malo. Depende de la edad de iniciación, de la medida y de que uno tenga la cabeza medianamente amueblada para saber qué hace, con qué frecuencia y cómo sienta a su organismo cada sustancia que introduce en esa maquinaria. Me parece a mí.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Ya están aquííí-ííííí...
Una se sobrevuela un poco y se ve rodeada de sonrisas cómplices y generosas, miradas brillantes y copas de vino a medio vaciar. De sobrinos que se lanzan de la carcajada en cascada al río de llanto en un nanosegundo. De hojas de chopo destellantes a la última luz del sol y la brisa de la tarde. Son lugares comunes a los que gusta volver una y otra vez. Una ha habitado en muchos momentos así este verano. En esos escenarios sentimentales posibles ahora aparece un elemento nuevo. Ahora una se halla rodeada de amigos y amores del alma que están cumpliendo 40 y cercada por la sensación cada vez más vívida y más consistente de que algo está cambiando. Siempre es lo mismo, sí, pero es diferente.
Ayer hablaba con Nuria, una de esas amigas del alma, de que empleamos mal el tiempo verbal. Seguimos utilizando el presente para acciones que transcurrieron en el pasado. No nos gusta el pretérito imperfecto. Decimos cosas como "sí, sí, yo siempre salgo por tal calle ¡y siempre acabamos a las mil en tal local!". Y ya no es cierto. Porque en tal local no damos con nuestros huesos hace... ¿un año ya? ¿o son dos? Pero nos imaginamos ahí y seguimos ahí. Es un poco 2046, Wong Kar-Wai. Vivimos en un estado mental construido de puro recuerdo. Ya no existe, pero tiene la misma solidez que un lugar al que podemos acudir siempre que queramos y que sentimos como real. Nos asomamos por una mirilla, lo vemos, y creemos estar ahí.
Supongo que entrar en los 40, una frontera fluctuante y muy subjetiva, debe de ser así para muchos. Nos vemos siendo los mismos y haciendo las mismas cosas pero en esa vía hay vagones que se van desenganchando mientras otros se incorporan a nuestro tren. Nos cuesta infinitamente más encontrar un proyecto profesional que nos enganche, que nos propulse hacia delante y nos haga recuperar al menos un pedazo de la ilusión originaria que nos hizo apostar por este camino. Sabemos en qué situaciones no queremos volver a encontrarnos y por qué circunstancias no volveríamos a pasar ni muertas, aunque nos cueste saber dónde vamos a ubicarnos en esta segunda mitad de la vida. Nos planteamos si ser madres, y vosotros padres, quizá no tanto porque ahora nos haya llegado el gran momento para serlo, sino porque después el momento ya no podrá ser, con lo cual de repente nos encontramos tomando decisiones de futuro que nos cambiarán radicalmente la vida, cuando siempre hemos vivido absorbidas y acotadas por el día a día. Todo esto nos ocurre.
Y al mismo tiempo, no queremos dejar atrás del todo el peterpanismo. Nos resistimos a abandonar el espíritu libre que nos lleva a marcharnos y volver cuando nos apetece. Nos resistimos a dejar de tomar decisiones que sólo dependen de uno. Nos resistimos a amarrarnos, a dejar de escapar y evadirnos, pero también asumimos responsabilidades, damos a las cosas la importancia que tienen, las ponemos en su sitio y las miramos tranquilamente cara a cara. Es cierto, Nuria, nos hacemos mayores.
A mí la sensación de inmortalidad me ha durado hasta hace muy poco. A veces, aún la siento. Sabemos que es algo asociado a la adolescencia, cuando vives en la bendita convicción de que a ti nunca te tocará un accidente de coche, y que si te toca saldrás ileso. Nunca se desenroscarán las tuercas de esa satánica atracción de feria que te multiplica por dos el ritmo cardíaco. Nunca vivirás la enfermedad entendida en su sentido más grave porque, además, tu organismo es inmune a los dolores físicos. Y como por accidentes de coche y sustos serios de los que he salido ilesa he pasado y por experiencias sanitarias al borde de decir hasta otra, amigos, también, esa sensación de inmortalidad no era tan peregrina. Estaba alimentada por realidades constatables. Pero ahora sé que más que inmortal soy afortunada. Lo que tengo es suerte, mucha suerte, y la agradezco a menudo. Así que ahora que empiezo a saber que no soy inmortal, como todos los que nos acercamos a los cuarenta y los que los acaban de estrenar, espero que esa fortuna nos acompañe todo lo que ella quiera, o lo que nos merezcamos tú, David, tú, Guren, tú, Ainhoa, vosotras, las que no queréis poner en facebook de qué año sois, perras... ¡Los 40 son vuestros! El próximo año os pillo... ¡¡¡Pero aún tengo el vale de los treintaypico!!!
Ayer hablaba con Nuria, una de esas amigas del alma, de que empleamos mal el tiempo verbal. Seguimos utilizando el presente para acciones que transcurrieron en el pasado. No nos gusta el pretérito imperfecto. Decimos cosas como "sí, sí, yo siempre salgo por tal calle ¡y siempre acabamos a las mil en tal local!". Y ya no es cierto. Porque en tal local no damos con nuestros huesos hace... ¿un año ya? ¿o son dos? Pero nos imaginamos ahí y seguimos ahí. Es un poco 2046, Wong Kar-Wai. Vivimos en un estado mental construido de puro recuerdo. Ya no existe, pero tiene la misma solidez que un lugar al que podemos acudir siempre que queramos y que sentimos como real. Nos asomamos por una mirilla, lo vemos, y creemos estar ahí.
Supongo que entrar en los 40, una frontera fluctuante y muy subjetiva, debe de ser así para muchos. Nos vemos siendo los mismos y haciendo las mismas cosas pero en esa vía hay vagones que se van desenganchando mientras otros se incorporan a nuestro tren. Nos cuesta infinitamente más encontrar un proyecto profesional que nos enganche, que nos propulse hacia delante y nos haga recuperar al menos un pedazo de la ilusión originaria que nos hizo apostar por este camino. Sabemos en qué situaciones no queremos volver a encontrarnos y por qué circunstancias no volveríamos a pasar ni muertas, aunque nos cueste saber dónde vamos a ubicarnos en esta segunda mitad de la vida. Nos planteamos si ser madres, y vosotros padres, quizá no tanto porque ahora nos haya llegado el gran momento para serlo, sino porque después el momento ya no podrá ser, con lo cual de repente nos encontramos tomando decisiones de futuro que nos cambiarán radicalmente la vida, cuando siempre hemos vivido absorbidas y acotadas por el día a día. Todo esto nos ocurre.
Y al mismo tiempo, no queremos dejar atrás del todo el peterpanismo. Nos resistimos a abandonar el espíritu libre que nos lleva a marcharnos y volver cuando nos apetece. Nos resistimos a dejar de tomar decisiones que sólo dependen de uno. Nos resistimos a amarrarnos, a dejar de escapar y evadirnos, pero también asumimos responsabilidades, damos a las cosas la importancia que tienen, las ponemos en su sitio y las miramos tranquilamente cara a cara. Es cierto, Nuria, nos hacemos mayores.
A mí la sensación de inmortalidad me ha durado hasta hace muy poco. A veces, aún la siento. Sabemos que es algo asociado a la adolescencia, cuando vives en la bendita convicción de que a ti nunca te tocará un accidente de coche, y que si te toca saldrás ileso. Nunca se desenroscarán las tuercas de esa satánica atracción de feria que te multiplica por dos el ritmo cardíaco. Nunca vivirás la enfermedad entendida en su sentido más grave porque, además, tu organismo es inmune a los dolores físicos. Y como por accidentes de coche y sustos serios de los que he salido ilesa he pasado y por experiencias sanitarias al borde de decir hasta otra, amigos, también, esa sensación de inmortalidad no era tan peregrina. Estaba alimentada por realidades constatables. Pero ahora sé que más que inmortal soy afortunada. Lo que tengo es suerte, mucha suerte, y la agradezco a menudo. Así que ahora que empiezo a saber que no soy inmortal, como todos los que nos acercamos a los cuarenta y los que los acaban de estrenar, espero que esa fortuna nos acompañe todo lo que ella quiera, o lo que nos merezcamos tú, David, tú, Guren, tú, Ainhoa, vosotras, las que no queréis poner en facebook de qué año sois, perras... ¡Los 40 son vuestros! El próximo año os pillo... ¡¡¡Pero aún tengo el vale de los treintaypico!!!
lunes, 1 de agosto de 2011
¿Piña o polvo?
Uno de los pequeños placeres o grandes sufrimientos que nos depara la playa es la escucha involuntaria. Es una actividad que también desarrollamos en el metro, el bus, la sala de espera del dentista, la cola de la panadería... pero hoy situaremos la acción en la playa, que es donde ha ocurrido. Ayer el Cantábrico estaba divertido, levantaba olas medianas pero constantes que invitaban a lanzarse de cabeza conforme se acercaban, justo antes de romper, y a dejarse arrastrar, justo cuando la cresta está en su punto más alto sin llegar a escupir aún la espuma. Todos aceptamos la invitación. Unos con sus tablas, otros con sus corchos, y los demás con nuestros cuerpos, que es la única herramienta que sabemos manejar. A veces. Desde que tengo uso de razón y mis padres me llevaban a la playa de Donosti, una de las tres playas genéticamente navarras junto con las de Zarautz y Orio, me acompaña la alegría salvaje, algo a medio camino entre el placer y el miedo, de coger las olas, bracear y dejarme arrastrar hasta donde llegue. Hoy es el día que aún no tengo dominado el asunto, y pocas son las veces que consigo llegar hasta la orilla y quedarme varada como las ballenas. Bien, ayer después de dos o tres triunfos y muchos más resultados mediocres, volví a mi territorio arenoso y me lancé sobre el pareo con el corazón agitado mientras tres post-adolescentes, dos chicos y una chica, recogían sus toallas y sus mochilas enfocando hacia un horizonte diáfano, el plato de lo que fuera que les hubieran preparado sus madres. A todos no.
- Buah, tío, vete a saber qué me habrá dejado hoy la vieja...
- Yo me voy a hacer unos macarrones. ¡Lata tomate y pim-pam!
- Pues a mí hoy me toca piña y pollo.
- ¿¿¿Piña y pollo??? ¿¿Qué es eso??
- Joder, tío, que estoy a dieta... Ayer me pasé, y hoy sólo puedo comer piña y pollo.
- ¿Y tienes que comer todo que empiece por P?
- ¡Claro! Piña, Pollo, y después... (Adivina-adivinanza...)
- ¡Polla!
- Bah, tío, qué pereza dais, de verdad...
- ¡¡Oye, no!! Mejor Piña, Pollo y de Postre... (Ahí va el otro campeón...)
- ¡¡Polvo!!
- ¡Jaaaajajaja! ¡Así seguro que adelgazas!
Bueno, 18-19 años. ¿Humor fino? Poco. ¿De raíces británicas? Tampoco. ¿Graciosos? ¡Pues sí! Yo me reí, además con ganas. Por la frescura de la conversación y porque pensaba que los tiempos no cambian en lo sustancial y que esas trece líneas de diálogo sintetizan una filosofía de vida. La nueva generación sigue preocupada por lo mismo que la anterior, y ésta que la previa, porque en torno a mayo del 68 cambiaron algunas pautas importantes, y las mujeres nos liberamos, conquistamos nuestro cuerpo, quemamos nuestros sujetadores, empezamos a tomar la píldora para disfrutar del sexo sin el miedo a quedarnos embarazadas cuando no lo queríamos, decidimos actuar "como chicos", sin apego, sin sentimentalismos, sin sentimiento a veces, nos fuimos hasta el otro extremo, derrapamos y después ya tratamos de encontrar nuestro sitio. Pero hoy una chica de 19 años sigue preocupada porque su cuerpo en la playa no es exactamente el que quiere tener. Ni de lejos. Aunque esté cañón, no lo ve. Y un chico de 19 años sigue pensando en todo momento en follar. A toda costa. No puede hacer otra cosa, el sexo domina su cerebro.
¿Simplista, el retrato? Enormemente. Generalizar siempre implica dejar fuera las (sugerentes) minorías y las (honrosas) excepciones. Estos días estoy leyendo La viuda embarazada, de Martin Amis, y la historia transcurre en una medida por ese camino, por un verano de los 70 y un viaje a Italia de tres chicos británicos, Keith, Lily y Scherezade. Keith y Lily son novios-amigos-desde-la -infancia-hermanos. Scherezade es la amiga de Lily a la que acaba de brotarle el cuerpo de mujer y aún no se ha dado cuenta del todo. Ni de eso, ni del efecto que causa en los hombres. Lily es, como trata de justificar Keith, de una belleza más inteligente, más sofisticada, menos obvia. Pero resulta que Scherezade no está buena y es corta, amigos, no. Es rápida y divertida, además de estar buena. Así que... sólo voy por la página 88 de casi 500 pero señales sutiles como fogonazos en una noche sin luna conducen a pensar que a Keith la cintura y los muslos morenos de Scherezade le están poniendo enfermo hace ya tiempo, y que las cosas van a acabar como Lily sabe -y alienta- desde el primer día de sus vacaciones. Ah, esos veranos que le cambian a una la vida...
Bueno, creo que ha quedado claro que hoy esto no va de profundizar en la distorsionada percepción que solemos tener las mujeres de nuestro cuerpo, ni de dónde y cómo colocamos nuestra autoestima, ni de la primitiva capacidad masculina de mantenerse bien amarrados a lo atávico, lo carnal y lo vital que entraña el sexo. Va de elegir vivir. Y ante la disyuntiva piña o polvo, si se puede elegir..., polvo. La piña, recién sacada del frigorífico y cortada en trozos, también está buena.
- Buah, tío, vete a saber qué me habrá dejado hoy la vieja...
- Yo me voy a hacer unos macarrones. ¡Lata tomate y pim-pam!
- Pues a mí hoy me toca piña y pollo.
- ¿¿¿Piña y pollo??? ¿¿Qué es eso??
- Joder, tío, que estoy a dieta... Ayer me pasé, y hoy sólo puedo comer piña y pollo.
- ¿Y tienes que comer todo que empiece por P?
- ¡Claro! Piña, Pollo, y después... (Adivina-adivinanza...)
- ¡Polla!
- Bah, tío, qué pereza dais, de verdad...
- ¡¡Oye, no!! Mejor Piña, Pollo y de Postre... (Ahí va el otro campeón...)
- ¡¡Polvo!!
- ¡Jaaaajajaja! ¡Así seguro que adelgazas!
Bueno, 18-19 años. ¿Humor fino? Poco. ¿De raíces británicas? Tampoco. ¿Graciosos? ¡Pues sí! Yo me reí, además con ganas. Por la frescura de la conversación y porque pensaba que los tiempos no cambian en lo sustancial y que esas trece líneas de diálogo sintetizan una filosofía de vida. La nueva generación sigue preocupada por lo mismo que la anterior, y ésta que la previa, porque en torno a mayo del 68 cambiaron algunas pautas importantes, y las mujeres nos liberamos, conquistamos nuestro cuerpo, quemamos nuestros sujetadores, empezamos a tomar la píldora para disfrutar del sexo sin el miedo a quedarnos embarazadas cuando no lo queríamos, decidimos actuar "como chicos", sin apego, sin sentimentalismos, sin sentimiento a veces, nos fuimos hasta el otro extremo, derrapamos y después ya tratamos de encontrar nuestro sitio. Pero hoy una chica de 19 años sigue preocupada porque su cuerpo en la playa no es exactamente el que quiere tener. Ni de lejos. Aunque esté cañón, no lo ve. Y un chico de 19 años sigue pensando en todo momento en follar. A toda costa. No puede hacer otra cosa, el sexo domina su cerebro.
¿Simplista, el retrato? Enormemente. Generalizar siempre implica dejar fuera las (sugerentes) minorías y las (honrosas) excepciones. Estos días estoy leyendo La viuda embarazada, de Martin Amis, y la historia transcurre en una medida por ese camino, por un verano de los 70 y un viaje a Italia de tres chicos británicos, Keith, Lily y Scherezade. Keith y Lily son novios-amigos-desde-la -infancia-hermanos. Scherezade es la amiga de Lily a la que acaba de brotarle el cuerpo de mujer y aún no se ha dado cuenta del todo. Ni de eso, ni del efecto que causa en los hombres. Lily es, como trata de justificar Keith, de una belleza más inteligente, más sofisticada, menos obvia. Pero resulta que Scherezade no está buena y es corta, amigos, no. Es rápida y divertida, además de estar buena. Así que... sólo voy por la página 88 de casi 500 pero señales sutiles como fogonazos en una noche sin luna conducen a pensar que a Keith la cintura y los muslos morenos de Scherezade le están poniendo enfermo hace ya tiempo, y que las cosas van a acabar como Lily sabe -y alienta- desde el primer día de sus vacaciones. Ah, esos veranos que le cambian a una la vida...
Bueno, creo que ha quedado claro que hoy esto no va de profundizar en la distorsionada percepción que solemos tener las mujeres de nuestro cuerpo, ni de dónde y cómo colocamos nuestra autoestima, ni de la primitiva capacidad masculina de mantenerse bien amarrados a lo atávico, lo carnal y lo vital que entraña el sexo. Va de elegir vivir. Y ante la disyuntiva piña o polvo, si se puede elegir..., polvo. La piña, recién sacada del frigorífico y cortada en trozos, también está buena.
miércoles, 13 de julio de 2011
Mujer de negro sobre adoquín
Es imposible que aquí viva alguien de menos de setenta años. O sí, pero tendría que ser alguien que no trabaje. O ser un escritor que viva de una herencia, que es a lo que yo aspiro. Si alguien conoce una herencia huérfana, aquí está su madre adoptiva. Digo que es difícil vivir en Tepeköy. Para llegar primero hay que estar en una isla pequeña que hoy es turca y ayer fue griega, y después hay que tener un buen mapa y una agilidad de gamo al volante. Porque mientras subes caracoleando por esa carretera de la muerte sin arcén ni líneas pintadas ni espacio para más de un coche pero, en cambio, con un par de vecinos que se lanzan carretera abajo con un intervalo de cinco minutos entre uno y otro y espíritu suicida cuesta no morder los olivos desde la ventanilla bajada por la que te ondea el pelo. Y el susto. También porque cuando ya te has venido arriba y te pegas a las curvas como Carlos Sainz cuando terminaba todos los rallies, te sale una tortuga mediana a medio cruzar esa carretera y te marcas la frenada de tu vida en ese coche alquilado que no sabes cómo responde hasta que lo ves ahí, clavándose a diez metros de la tortuga. No sabes si la pobre ha muerto de paro cardiaco, pero tú casi sí, porque eres Santa Francisca de Asís y hablas a los animales, y te responden, pero ella no. No dice nada. Arrancas con miedo y lágrimas en los ojos y, bendita biología, ves por el retrovisor que la tortuga asoma una cabeza temblona bajo el caparazón. Respiras. Está viva, y tú también, así que sigues caracoleando, con más cuidado, carretera arriba hasta llegar a El Pueblo. Algunas casas en ruinas entre las que brotan higueras frondosas, un señor sereno y digno colocando sin prisa sobre una mesa de campo réplicas del caballo de Troya como los botes y los molinos que hacíamos con pinzas de tender en el colegio y un restaurante que lanza una terraza enorme sobre su viñedo y sobre el resto del valle. Inmenso. Impagable, el valle. Es el único restaurante y el único alojamiento de Tepeköy, una pansiyon, y pertenecen a Barba Yogo, un griego, un tipo majo y acogedor -y gordo, imagino- que cocina como los ángeles con estrella Michelin y elabora su propia retsina. Eso dice la Santa Lonely, no vemos a Barba Yorgo por ningún lado, así que no es fácil saber si es gordo o no.
Aparcamos y al girar la primera esquina de casa encalada y geranio colgante nos recibe una cabra. Confusa. Nos mira de arriba a abajo con sus ojos de canica de miel rayados -cómo me gustan los ojos de las cabras- y después nos mira de izquierda a derecha, pero no nos reconoce. No amiga, no somos vecinos. Así que primero trata de embestirnos al aire a dos metros de distancia, pero resulta que le han cortado los cuernos y de pronto se acuerda y se siente insegura, pasa vergüenza, baja la cabeza la pobre y se retira por nuestro flanco izquierdo sobre las piedras saltarinas de la calle dejando una estela rosa como su lana. Aquí tiñen a las cabras con pistola y lo que fue rojo un día atraviesa toda la gama y aterriza en el salmón. El sol. Que hablen las rubias que florecen cada verano. Tras ver desaparecer a la cabra cabizbaja a nuestra espalda volvemos la vista al frente y nos sorprende la visión de una mujer de luto absoluto que nadie sabe de dónde ha salido. Tenemos el sol de frente, así que es una aparición en toda regla. Al principio se queda parada, como la cabra. Valorando. No, amiga, no somos vecinos. Así que deja de guiñar los ojillos bajo las gafas, se ajusta la toquilla de lana -fría, quiero pensar- y nos supera por nuestro flanco izquierdo mientras todos murmuramos a la vez merhaba.
En la plaza del pueblo hay un café casi oculto bajo unas higueras y tras dos cuadrillas de viejos que juegan a la tabla, que creo que es como le llaman al backgammon en Turquía y sorben çay sin fin. Podríamos pensar que se mantienen a base de dieta líquida y depurativa, pero no. Esa barriga no viene del çay, ni de las raciones de berenjenas estofadas ni del cordero ni de las tapas del bar, porque en el bar sólo hay fotos antiguas y una tetera de latón que hierve agua para el çay, pero de algún lado viene. Quizá de los platos que les preparan cuatro mujeres que nos encontramos en la entrada mínima de una casa humilde componiendo una escena muy almodovariana, y antes muy buñueliana. Sentadas sobre taburetes de patas de araña, con los delantales bien limpios, las rodillas juntas y alisándose las faldas, pulcras, mientras charlan. De lo que van a preparar a sus maridos para cenar, de lo que les pagan -poco- por la leche que sacan a las cabras y por el queso que elaboran con ella, del tiempo que hace que no ven a su hijo, que se fue a estudiar a Ankara una ingeniería superior, de que su hija, la que vive en Istanbul, no la de Çanakkale, que esa viene más, ha sido madre hace seis meses y aún no conoce a su nieto, aunque sí sabe que se llama Ismail y tiene una foto en el móvil, pero cuando la busca casi nunca la encuentra. Creemos que son las únicas mujeres del pueblo, y nos equivocamos. Hay otras cuatro que descubrimos en la iglesia. Pequeñita, encalada y parada en el tiempo, mágica, porque en ese momento están celebrando una misa ortodoxa, con su pope avanzando lentamente por el centro bajo su bonete negro, alto y cilíndrico, murmurando unos salmos misteriosos... Velas encendidas por todas partes, suelos cubiertos de alfombras y lámparas circulares colgando del techo. Mujeres de pie, pegadas a la pared y con una especie de rosario colgando de la mano en fila india, a la derecha. A la izquierda no hay hombres, no sé si debería haberlos o no, pero no hay nadie. Un libro antiguo con letras doradas reposando sobre un atril de bronce. Nos da pudor asomarnos a la ceremonia desde la puerta, así que nos quedamos un rato más, un poco como ladrones, pero otro poco porque eso te hechiza, y más a la luz de la puesta de sol. Y luego ya, sin hablar, también porque antes nos habíamos enfadado por lo de la tortuga, recorremos los altos del pueblo que nos quedan por trepar, respiramos todo el aire que podemos, nos tomamos un çay con los viejos que juegan a la tabla y nos sentamos como ellos, en sillas de madera, con un pie apoyado en el palito reposapiés y el codo apoyado en la rodilla, pero no sabemos hablar como ellos, así que les vemos jugar un rato y luego ya entramos en el coche. Ahora sí, a lanzarnos carretera abajo como locos, como si fuésemos vecinos de Tepeköy. La próxima vez la cabra nos reconocerá. Y la mujer de negro también.
Aparcamos y al girar la primera esquina de casa encalada y geranio colgante nos recibe una cabra. Confusa. Nos mira de arriba a abajo con sus ojos de canica de miel rayados -cómo me gustan los ojos de las cabras- y después nos mira de izquierda a derecha, pero no nos reconoce. No amiga, no somos vecinos. Así que primero trata de embestirnos al aire a dos metros de distancia, pero resulta que le han cortado los cuernos y de pronto se acuerda y se siente insegura, pasa vergüenza, baja la cabeza la pobre y se retira por nuestro flanco izquierdo sobre las piedras saltarinas de la calle dejando una estela rosa como su lana. Aquí tiñen a las cabras con pistola y lo que fue rojo un día atraviesa toda la gama y aterriza en el salmón. El sol. Que hablen las rubias que florecen cada verano. Tras ver desaparecer a la cabra cabizbaja a nuestra espalda volvemos la vista al frente y nos sorprende la visión de una mujer de luto absoluto que nadie sabe de dónde ha salido. Tenemos el sol de frente, así que es una aparición en toda regla. Al principio se queda parada, como la cabra. Valorando. No, amiga, no somos vecinos. Así que deja de guiñar los ojillos bajo las gafas, se ajusta la toquilla de lana -fría, quiero pensar- y nos supera por nuestro flanco izquierdo mientras todos murmuramos a la vez merhaba.
En la plaza del pueblo hay un café casi oculto bajo unas higueras y tras dos cuadrillas de viejos que juegan a la tabla, que creo que es como le llaman al backgammon en Turquía y sorben çay sin fin. Podríamos pensar que se mantienen a base de dieta líquida y depurativa, pero no. Esa barriga no viene del çay, ni de las raciones de berenjenas estofadas ni del cordero ni de las tapas del bar, porque en el bar sólo hay fotos antiguas y una tetera de latón que hierve agua para el çay, pero de algún lado viene. Quizá de los platos que les preparan cuatro mujeres que nos encontramos en la entrada mínima de una casa humilde componiendo una escena muy almodovariana, y antes muy buñueliana. Sentadas sobre taburetes de patas de araña, con los delantales bien limpios, las rodillas juntas y alisándose las faldas, pulcras, mientras charlan. De lo que van a preparar a sus maridos para cenar, de lo que les pagan -poco- por la leche que sacan a las cabras y por el queso que elaboran con ella, del tiempo que hace que no ven a su hijo, que se fue a estudiar a Ankara una ingeniería superior, de que su hija, la que vive en Istanbul, no la de Çanakkale, que esa viene más, ha sido madre hace seis meses y aún no conoce a su nieto, aunque sí sabe que se llama Ismail y tiene una foto en el móvil, pero cuando la busca casi nunca la encuentra. Creemos que son las únicas mujeres del pueblo, y nos equivocamos. Hay otras cuatro que descubrimos en la iglesia. Pequeñita, encalada y parada en el tiempo, mágica, porque en ese momento están celebrando una misa ortodoxa, con su pope avanzando lentamente por el centro bajo su bonete negro, alto y cilíndrico, murmurando unos salmos misteriosos... Velas encendidas por todas partes, suelos cubiertos de alfombras y lámparas circulares colgando del techo. Mujeres de pie, pegadas a la pared y con una especie de rosario colgando de la mano en fila india, a la derecha. A la izquierda no hay hombres, no sé si debería haberlos o no, pero no hay nadie. Un libro antiguo con letras doradas reposando sobre un atril de bronce. Nos da pudor asomarnos a la ceremonia desde la puerta, así que nos quedamos un rato más, un poco como ladrones, pero otro poco porque eso te hechiza, y más a la luz de la puesta de sol. Y luego ya, sin hablar, también porque antes nos habíamos enfadado por lo de la tortuga, recorremos los altos del pueblo que nos quedan por trepar, respiramos todo el aire que podemos, nos tomamos un çay con los viejos que juegan a la tabla y nos sentamos como ellos, en sillas de madera, con un pie apoyado en el palito reposapiés y el codo apoyado en la rodilla, pero no sabemos hablar como ellos, así que les vemos jugar un rato y luego ya entramos en el coche. Ahora sí, a lanzarnos carretera abajo como locos, como si fuésemos vecinos de Tepeköy. La próxima vez la cabra nos reconocerá. Y la mujer de negro también.
sábado, 9 de julio de 2011
Devrhim
Si le dejas, no habla de otra cosa que no sea Isfahán. Devrhim está enamorado de esa ciudad iraní que se levanta sobre una montaña y cuya luz, o cuyas mezquitas y plazas y gentes, o cuya belleza, que al final es lo mismo, atenazaron el estómago de Duke Ellington y su gente como cuando te enamoras y haces cosas increíbles, así que él fue, le robó el nombre y le compuso una pieza, Isfahan. Devrhim no escribe música, así que sólo me enseña una foto tomada en Isfahán en la que aparece él con un estanque al fondo sobre el que flotan unos patos, y coge su lupa de orfebre antiguo o de numismático antiguo, o de miope recalcitrante, para que yo también distinga que son patos, y no otras aves, las que reposan sobre ese lago. Le hace ilusión que me dé cuenta, y que se lo diga en este lenguaje nuestro que hemos construido a lo largo de tres ratos tomando çay a la caída de la tarde, y que se apoya en palabras turcas, inglesas, españolas, francesas y otras en lenguas que ni sabemos cuáles son, pero nos hace gracia inventarnos. Por ejemplo, pregunta sobre el flamenco, que en Turquía también tiene un hermano de sangre, y descubre la palabra bailaora, y dice "bailáurha" y se ríe, y yo más, porque pienso en "bai, Laura". A los juegos de palabras cada uno les pone el sentido que quiere.
Yo diría que Devrhim no es iraní, creí entenderle que era de Istanbul, creí. Con este hombre que podría tener 63 años, o 75, o 979, no se sabe muy bien. En la cartera lleva un billete de autobús comprado y usado en Isfahán que me regala y una foto de una niña de unos 13 años vestida de bailarina de ballet, pero de esa foto no me dice nada. Tampoco sé si tiene mujer, o la tuvo, o tuvo muchas y no le queda ninguna. Sí me llama la atención que en la foto del estanque de los patos iraní que me enseña orgulloso lleve un traje negro muy vivido sobre un jersey de punto crudo y cuello vuelto. No parece él, el Devrhim que tengo delante y que sería un personaje que vive por ejemplo en la página 137 de Cien años de soledad. Un chamarilero, un predicador ambulante de remedios imposibles, un buhonero o un personaje apuntalado sin edad, sin familia y sin patria que vende piedras y talismanes antiguos seguramente falsos de pueblo en pueblo, con la tez curtida como el cuero viejo y el cabello blanco. Y con una mirada a ratos pícara y divertida y a ratos lejana y triste. Cuando se recoge hacia dentro y se mete en esa mirada es difícil seguirle y encontrarle, porque cierra la puerta tras de sí, y no sabes si ese camino verdoso y dorado le ha llevado al lago de Isfahán, o a apoyar la cara en las manos sentado en el sofá de un salón bastante humilde mientras mira con orgullo a la bailarina de ballet que puede ser su hija hace muchos años, o su nieta hace pocos, o sólo una foto que alguien le regaló una vez.
Ellen, una irlandesa cuarentañera que lleva dos o seis meses viajando por Grecia y Turquía con su mochila, su tienda de campaña y su novio francés, nos contó que en el camping en el que han coincidido con Devrhim le llaman "el loco". Cada mañana se coloca bajo la ducha con el gorro de lana, la chilaba, los bombachos, los zapatos con punta de babucha y la escúter que le lleva de un sitio a otro y abre el grifo. Así se ducha, se lava la ropa y limpia la moto. Con jabón. No he conocido en mi vida mejor puesta en práctica del ahorro energético. Qué grande es este hombre... ¿Cómo nos conocimos? El primer día que llegamos a Gökçeada, una isla turca que recomiendo mucho, nos lo encontramos en Kadiköy con su puesto de baratijas o tesoros antiquísimos. Como ese tipo de objetos y de personajes me atraen como a un clavo un imán, ahí me quedé. Una mosca atrapada en una de esas cintas amarillas que caen en espiral de algún techo. Al principio nos medimos en una entretenida negociación que atravesó todas las fases preceptivas del regateo protocolario. Traduzco.
- ¿Cuánto cuestan?
- 20 liras turcas cada una.
- ¿¿¡¡20 liras turcas!!?? ¡¡No puede ser!! ¡¡¡Eso es carísimo!!! (gesticulando como si fuera romana, del propio Trastevere).
- ¿¿¿Pero cómo??? (ofendido como si hubiera escupido sobre la tumba de su madre).
- Por favor, que ya sabemos de qué hablamos... Esto es latón, no es bronce, ni plata, ni oro... (ahora como si fuera del Bronx, abriendo los brazos y moviendo la cabeza de adelante hacia atrás).
- ¡Es bronce! ¡Los talla a mano un amigo mío, uno a uno, en Istanbul! ¡Son únicos! ¡¡Únicos!!
- Bueno... yo sé que únicos no son. Y tú también.
- ¡¡¡Jaaaajajajaja!!! ¿Cuánto?
- 15 cada uno.
- Mmmh... 18.
- Por favor, 18... Si son copias, he visto dos muy parecidos. ¡O iguales!15.
- ¡15 es imposible! ¡¡No gano nada!!
- Tengo amigos artesanos, y esto no es una placa antigua... (me tiro de la moto).
- Pero si mi amigo los graba en Istanbul, ¡sólo a mí! (con los brazos muy abiertos y mirando al cielo).
- Sí?... (con la cabeza ladeada).
- ¡¡Jaaaajajaja!! Ok, 15.
- Es un buen precio para mí, y un buen precio para tí. ¿No?
- ¡Jaajaja! ¿De dónde eres?
- ¡Jaaajajaja! (Comprobado ya que decir vasca en esta isla es tontería y que no va a ningún lado) Española.
- Oooooh... ¡Jajajaja! (me da la mano en señal de que los timadores, desde la picaresca del XVI de Rinconete y Cortadillo, nos reconocemos en todas partes).
- ¿Un çay?
- ¡Ahora sí!
Así fue como terminé llevándome unos presuntos talismanes del antiguo imperio otomano, que son unas chapitas de latón con inscripciones y dibujos grabados que me gustaron, quitándome la capa de SúperListilla-EnRealidadCanela, sentándome en un taburete para enanos con el culo de rafia roto a tomar un té con él. Ese primer día también nos hicimos una foto con el móvil. Demasiado pronto, más tarde habría estado mejor. El principio de una bonita y corta amistad. El cuarto día nos íbamos. Como las despedidas me gustan muy poco y las despedidas largas, nada, estuve con él charlando un rato al volver de la playa, me escribió en el cuaderno del viaje algo en turco supongo que bonito que aún no he traducido, le dibujé de perfil y le escribí en un trozo de papel mis mejores deseos en castellano, nos tomamos otro çay y le aseguré que volvería por la noche para despedirme. Y él me pidió que volviera. Por la noche tenía tal dolor en una pierna (el nervio ciático, o ve a saber qué mierda fue aquello) que sólo quería meterme en mi cama después de haber estado de charla con Ellen y con Pascal junto al puerto sentados en el suelo. Así que no pasé por su puesto, y la mañana siguiente ya nos fuimos de la isla. Me sentí como una rata asquerosa por no haber vuelto, y ahora me vuelvo a sentir. De pena. Un abrazo muy grande, Devrhim.
Yo diría que Devrhim no es iraní, creí entenderle que era de Istanbul, creí. Con este hombre que podría tener 63 años, o 75, o 979, no se sabe muy bien. En la cartera lleva un billete de autobús comprado y usado en Isfahán que me regala y una foto de una niña de unos 13 años vestida de bailarina de ballet, pero de esa foto no me dice nada. Tampoco sé si tiene mujer, o la tuvo, o tuvo muchas y no le queda ninguna. Sí me llama la atención que en la foto del estanque de los patos iraní que me enseña orgulloso lleve un traje negro muy vivido sobre un jersey de punto crudo y cuello vuelto. No parece él, el Devrhim que tengo delante y que sería un personaje que vive por ejemplo en la página 137 de Cien años de soledad. Un chamarilero, un predicador ambulante de remedios imposibles, un buhonero o un personaje apuntalado sin edad, sin familia y sin patria que vende piedras y talismanes antiguos seguramente falsos de pueblo en pueblo, con la tez curtida como el cuero viejo y el cabello blanco. Y con una mirada a ratos pícara y divertida y a ratos lejana y triste. Cuando se recoge hacia dentro y se mete en esa mirada es difícil seguirle y encontrarle, porque cierra la puerta tras de sí, y no sabes si ese camino verdoso y dorado le ha llevado al lago de Isfahán, o a apoyar la cara en las manos sentado en el sofá de un salón bastante humilde mientras mira con orgullo a la bailarina de ballet que puede ser su hija hace muchos años, o su nieta hace pocos, o sólo una foto que alguien le regaló una vez.
Ellen, una irlandesa cuarentañera que lleva dos o seis meses viajando por Grecia y Turquía con su mochila, su tienda de campaña y su novio francés, nos contó que en el camping en el que han coincidido con Devrhim le llaman "el loco". Cada mañana se coloca bajo la ducha con el gorro de lana, la chilaba, los bombachos, los zapatos con punta de babucha y la escúter que le lleva de un sitio a otro y abre el grifo. Así se ducha, se lava la ropa y limpia la moto. Con jabón. No he conocido en mi vida mejor puesta en práctica del ahorro energético. Qué grande es este hombre... ¿Cómo nos conocimos? El primer día que llegamos a Gökçeada, una isla turca que recomiendo mucho, nos lo encontramos en Kadiköy con su puesto de baratijas o tesoros antiquísimos. Como ese tipo de objetos y de personajes me atraen como a un clavo un imán, ahí me quedé. Una mosca atrapada en una de esas cintas amarillas que caen en espiral de algún techo. Al principio nos medimos en una entretenida negociación que atravesó todas las fases preceptivas del regateo protocolario. Traduzco.
- ¿Cuánto cuestan?
- 20 liras turcas cada una.
- ¿¿¡¡20 liras turcas!!?? ¡¡No puede ser!! ¡¡¡Eso es carísimo!!! (gesticulando como si fuera romana, del propio Trastevere).
- ¿¿¿Pero cómo??? (ofendido como si hubiera escupido sobre la tumba de su madre).
- Por favor, que ya sabemos de qué hablamos... Esto es latón, no es bronce, ni plata, ni oro... (ahora como si fuera del Bronx, abriendo los brazos y moviendo la cabeza de adelante hacia atrás).
- ¡Es bronce! ¡Los talla a mano un amigo mío, uno a uno, en Istanbul! ¡Son únicos! ¡¡Únicos!!
- Bueno... yo sé que únicos no son. Y tú también.
- ¡¡¡Jaaaajajajaja!!! ¿Cuánto?
- 15 cada uno.
- Mmmh... 18.
- Por favor, 18... Si son copias, he visto dos muy parecidos. ¡O iguales!15.
- ¡15 es imposible! ¡¡No gano nada!!
- Tengo amigos artesanos, y esto no es una placa antigua... (me tiro de la moto).
- Pero si mi amigo los graba en Istanbul, ¡sólo a mí! (con los brazos muy abiertos y mirando al cielo).
- Sí?... (con la cabeza ladeada).
- ¡¡Jaaaajajaja!! Ok, 15.
- Es un buen precio para mí, y un buen precio para tí. ¿No?
- ¡Jaajaja! ¿De dónde eres?
- ¡Jaaajajaja! (Comprobado ya que decir vasca en esta isla es tontería y que no va a ningún lado) Española.
- Oooooh... ¡Jajajaja! (me da la mano en señal de que los timadores, desde la picaresca del XVI de Rinconete y Cortadillo, nos reconocemos en todas partes).
- ¿Un çay?
- ¡Ahora sí!
Así fue como terminé llevándome unos presuntos talismanes del antiguo imperio otomano, que son unas chapitas de latón con inscripciones y dibujos grabados que me gustaron, quitándome la capa de SúperListilla-EnRealidadCanela, sentándome en un taburete para enanos con el culo de rafia roto a tomar un té con él. Ese primer día también nos hicimos una foto con el móvil. Demasiado pronto, más tarde habría estado mejor. El principio de una bonita y corta amistad. El cuarto día nos íbamos. Como las despedidas me gustan muy poco y las despedidas largas, nada, estuve con él charlando un rato al volver de la playa, me escribió en el cuaderno del viaje algo en turco supongo que bonito que aún no he traducido, le dibujé de perfil y le escribí en un trozo de papel mis mejores deseos en castellano, nos tomamos otro çay y le aseguré que volvería por la noche para despedirme. Y él me pidió que volviera. Por la noche tenía tal dolor en una pierna (el nervio ciático, o ve a saber qué mierda fue aquello) que sólo quería meterme en mi cama después de haber estado de charla con Ellen y con Pascal junto al puerto sentados en el suelo. Así que no pasé por su puesto, y la mañana siguiente ya nos fuimos de la isla. Me sentí como una rata asquerosa por no haber vuelto, y ahora me vuelvo a sentir. De pena. Un abrazo muy grande, Devrhim.
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| Gökçeada, 2 de julio de 2011 |
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